Diario del cosmonauta. Cuarto documento.

Aunque lo pareciese, no me había olvidado de esta historieta de ciencia ficción, y sigo trabajando en ella. Lo que pasaba es que era, y es, difícil, decidir qué hacer con Louis.

Irene se acaba de despertar y no está de buen humor. Aún no puede levantarse, pero lo está intentando para preguntarme, imagino, por qué la he sacado del sueño. Mientras intentaba levantarse he ido a buscar algo de comer para ella.

-¿Por qué?-farfulla.

Le lanzo las fotos recién impresas. Las coge con un movimiento relativamente fluido. Les echa un vistazo.

-¿Qué es esto?

-Por eso-replico-le he despertado. No sé qué puede ser. Quizás pueda aclarármelo usted. Pensaba que era una nave o algo similar.

-Lo dudo.

-Entonces, ¿qué puede ser? Mire. No creo que sea una mancha y un error en el radar. Lo veo poco probable.

-No lo sé.

Miramos por la ventana de nuevo al OVNI. Pasamos unos cuarenta minutos pasándonos los prismáticos. Echo un vistazo al radar de nuevo.

-¿Podemos acercarnos a él?-pregunto.

-Supongo que sí. No entiendo por qué me puedes necesitar.

-Quiero asegurarme de que todo va bien.

Nos acercamos al objeto. De pronto el objeto desaparece de nuestro campo de vista y del radio de alcance del equipo de observación de la nave.

-¿Pasa algo?-pregunta mi compañera.

-Sí, ha desaparecido.

-No, eso no… No es posible.

-Pues explica cómo algo imposible acaba de pasar.

Irene está quieta, intentando concebir una justificación razonable. Se sienta de nuevo en el sillón de control y se frota los ojos con el pulgar y el índice. Resopla.

-¿Tienes fotos? Digo aparte de estas. Viendo… lo que sea con más detalle.

-Le puedo ofrecer esto.

Le tiendo unas fotos en las que lo único que se ve es una bala gris con tres aletas quemadas.

-No puede ser.

-Y, sin embargo, es.-replico.

-¿No han intentado establecer contacto ni nada por el estilo?

-Quizás, pero no hay manera de saberlo.

-¿Cómo que no?

-No hay manera de emitir ni recibir nada, salvo los walkies, pero están apagados en la bodega.

-¿Y la radio? ¡La que usamos antes del despegue! Te oí hablar por ella.

-Ah, la apagué antes de terminar mi primera guardia. No tenía sentido que estuviese encendida, consumiendo energía.

-¿Y no se te ocurrió encenderla?

Me sonrojo.

-No, la verdad es que no.

-De acuerdo, si esto volviese a pasar, enciéndela, ¿vale?

-De acuerdo.

-Perfecto. Vuelve a crionizarme.

-¿Y los crioprotectores?

-No pasa nada. No he podido expulsarlos todavía.

-¿Está segura?

-Sí, no te preocupes.

Mientras charlábamos, Irene y yo hemos ido a su sarcófago. Se tumba. Verifico que está bien.

-Buenas noches.-dice antes de que cierre la tapa.

Salgo de la sala y redacto un informe.

——————————————

Me acabo de despertar. Irene me está mirando.

-¿Pasa algo?-pregunto.

-No, estabas durmiendo y no quería despertarte.

-De manera que me ha estado observando mientras dormía.

-No sé si te has dado cuenta, pero no hay demasiado que hacer aquí.

-Y lo más divertido era ver como el comandante duerme, ¿me equivoco?

-¡Así es!-la chica sonríe.

Me levanto y paso por el cuarto de baño. Recojo los crioprotectores y, a pesar de las quejas de mi estómago, no como ni bebo nada. Irene me detiene antes de que llegue al pasillo de animación.

-¡Espera! ¿No ha pasado nada?

-¿Aparte de lo de la última vez? No. Bueno, miento. El retrete sigue dando problemas.

La chica resopla. Mientras tanto yo entro en la cápsula que ha dejado libre, según el horario, hace media hora. Me siento en el borde y me clavo la jeringuilla.

-De acuerdo. A dormir. Descansa bien.

-Sí.-sonrío-Cuando despierte estaremos llegando a otro planeta.

Irene hace una mueca.

Me tumbo.

El frío me envuelve.

——————————————

Amanezco entre sacudidas. Empujo la puerta hacia arriba. Me siento… distinto. Cuando me acosté andar por la nave era sencillo, supongo. Echo un ojo a los monitores. Estamos al lado de un planeta. Rezo porque sea el correcto. Termino de mirar la pantalla. Lo es. Voy a buscar a mis compañeros. La mayoría están, al igual que yo, saliendo de sus neveras.

Busco a María. Está mucho más compuesta que la última vez que la vi, pero no parece estar tranquila. Está tumbada en la cama que le asignaron para despegue y aterrizaje, esperando.

-Perdone,-dice-¿no debiera pasar por la sala de descongelación?

-No sirve para nada.-miento. No es malo saltarse ese paso, pero es desagradable.-Vamos a ver qué pasa aquí.

Voy a la sala de control. Tampoco está explícitamente prohibido hacerlo, pero se asume que sabemos que es mala idea hacerlo en el aterrizaje o en el despegue. Por eso paso rápido. Echo una ojeada a los monitores. Si alguno estuviese rojo sería peligroso. Afortunadamente todos están en blanco. Miro el temporizador. Los segundos van disminuyendo. Quedan dos horas para aterrizar. Voy y me tumbo.

——————————————

El aterrizaje ha sido desagradable, pero no insufrible. Nos levantamos como bien podemos y nos enfundamos en los trajes. Todo esto nos lleva unos cuarenta minutos. Mientras tanto, la nave se encarga de echar un vistazo a nuestro alrededor y determinar si el aire es respirable.

Para cuando estamos preparados a salir, la nave nos avisa, con una voz crudamente sintetizada, de que la atmósfera es respirable, pero algo desagradable.

Discutimos si llevar los trajes o no. Tras una votación, decidimos llevarlos puestos, pero aprovechar el aire, aún a pesar de que sea desagradable. Decidimos que una mitad de los de la nave se quedarán dentro, mientras que los otros ocho saldrán. Me toca quedarme dentro con las dos españolas, Irene y María, uno de los alemanes, Klaus, el británico, Gavin, la australiana, Amy, la otra americana, Lauren, y el ruso, Artur.

Nada más salir los otros ocho al aire, perdemos el contacto con sus walkie-talkies.

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