Planeta Hogar V

El oso, o lo que fuese, corrió hacia mí, sin interesarse en nada de lo que le rodeaba. Saqué a duras penas el arma y di un tiro al aire. El animal se detuvo durante un momento, pero no completamente. Aún así, el disparo me consiguió suficiente tiempo como para que la moto se pudiese poner en marcha. Arranqué el vehículo y recé para que fuese marginalmente más rápido que los animales de la zona.

No lo era. El oso me alcanzó unos quinientos metros entrada la ciudad, de manera que tuve que disparar de nuevo. Disparé al suelo, a la zona general donde estaban las patas de la bestia. El animal gimió. Arriesgué un vistazo hacia atrás. La bala había rebotado en el suelo y le había dado en la pata. Aproveché y aceleré para dejar más distancia entre el oso y yo. El mapa proyectado en el casco me llevó hasta la cápsula. Para cuando llegué había empezado a caer agua del cielo (según el ordenador era lluvia). Entré en el habitáculo y cené. No pude dormir debido a luces intermitentes (relámpagos) y estruendos (truenos).

A la mañana siguiente tardé en ponerme en marcha. Con la emoción del día anterior no había redactado un informe acerca de mi encuentro de ayer, de manera que había recibido un aviso de la estación. Una vez terminé salí y me puse de nuevo en marcha, pero no sin antes revisar el arma. Esperaba no tener que utilizarla más, pero siempre corría un riesgo.

El cielo estaba azul. Era algo precioso. No había nubes en el cielo.

Me monté en la moto y me adentré en la ciudad. No había muchas plantas, y, las pocas que habían, crecían todas juntas, ocupando poco espacio y separadas en aglomeraciones. Fotografié las concentraciones. Las plantas eran todas distintas. No mucho, pero sí lo suficiente como para notarse a simple vista. Elegí un grupo de plantas y empecé a cavar. Averigüé por qué crecían en grupos.

Había un cuerpo en descomposición bajo ellas. Cuando terminé de desenterrarlo pude comprobar que era humanoide y, lo que era más, parecía bastante reciente. Me preocupé algo. Antes de venir me habían explicado que los humanos que se quedaron en la Tierra no tenían un especial cariño a los que se marcharon, de forma que, si siguiese habiendo homínidos, podrían atacarme por rencor hacía los que huyeron.

Tomé muestras del cuerpo y me levanté. Me giré para recolocar las plantas sobre su fuente de alimento, solo para descubrir que no estaban ahí. Estaban a cinco metros de donde las había dejado y cada vez se alejaban más rápido de mí.

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