Planeta Hogar III

Para cuando me desperté había recibido un mensaje de la estación. Me recordaban que fuese con cuidado, que aunque pudiese defenderme, eso no significaba que estuviese a salvo. También me pedían que llevase mi traje en todo momento, cosa innecesaria, puesto que me lo habían grabado a fuego al explicarme la misión.

Salí de la esfera y me monté en la motocicleta. Me sentía como si midiese cuatro metros. Aseguré el arma a mi muslo y me aseguré de que tenía munición. Me puse en marcha. Unos doscientos metros más allá de mi cápsula estaban los restos de uno de los robots que se habían mandado años atrás. Poco quedaba de él que fuese realmente reconocible. Saqué una foto al aparato y tomé unas notas acerca de su estado. Arranqué la moto de nuevo.

Tras quince minutos avanzando llegué al cauce de un río. A su alrededor había plantas como las que había cerca de mi toma de contacto: Corteza gruesa, pequeñas… Miré en la bolsa que llevaba atada a la motocicleta y saqué un pequeño tiesto plegable. Lo abrí y metí la planta dentro. Acomodé la planta en la motocicleta y me puse en marcha de nuevo.

Una media hora más tarde llegué a un bosquecillo. Tiempo atrás debía haber sido un parque (era una de las pocas cosas típicas de la Tierra que aún se conservaba en la estación). Decidí entrar. El interior estaba vacío, descontando los árboles. Empecé a fotografiarlos como había hecho con el robot antes. Mientras lo hacía busqué alguna clase de animal, pero, si los había, se habían escondido al oírme llegar.

No me llevó demasiado llegar al centro del parque-bosquecillo, donde me senté. No me había fijado al ir, pero vi que los árboles no terminaban de ser normales. Eran completamente alienígenas para mí. A pesar de ello, era un lugar muy relajante, de manera que decidí comer ahí mismo. Levanté el visor y empecé a tomar la barra energética.

Después de comerla decidí echarme a descansar un poco. Bajé el visor y me tumbé. Vi como las ramas de los árboles se movían, mecidas por una brisa que no se notaba. Las ramas se rozaban y hacían un ruido relajante. No me costó quedarme inconsciente.

Me desperté una hora después, con un regusto amargo en la boca. Mientras me terminaba de despejar, oí un chasquido.

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