Planeta Hogar I

El piloto murmuró cosas incomprensibles durante todo el viaje, eso lo hizo algo incómodo para mí. Mis acompañantes no parecieron molestarse por ello. Recuerdo no haber parado de beber en ningún momento. Cuando llegamos, miré a una de las pantallas. Ahí estaba. Las nubes cubrían la superficie inmediatamente bajo nosotros. La Tierra. Nunca la habría imaginado como la vi. Parecía tan… normal, y, sin embargo, si escuchabas las leyendas de ella… No, nadie quería oírlas más de una vez.

Yo no las creía. Sí, eran historias de miedo, pero historias, después de todo. Por eso me presté para examinar la superficie hace tres años. Ahora que mi entrenamiento había terminado, me iban a desplegar. La nave iba a pararse a treinta clicks de la superficie y me iban a soltar en una cápsula de descenso. También serviría para ponerme en órbita, desde donde me recogerían. Estaba programada para salir unos cinco días después de llegar.

La cápsula tenía unos tres metros de diámetro y se dividía en tres compartimentos: Uno para los cohetes y thrusters, otro para el equipo y mis alimentos y un habitáculo para poder dormir. No parecía demasiado incómodo y mis superiores se habían asegurado de prepararlo a mi gusto. Tenía una base de datos con libros de ocio e información acerca de qué podía encontrarme, aunque no era seguro. Los robots que se habían mandado antes que yo no habían durado mucho. Por eso habían decidido mandar a una persona antes que a un robot armado (de hecho, se diseñó uno, pero algunos extremistas se manifestaron en contra, alegando que se usaría para la guerra en lugar de la exploración. El robot se terminó, clasificó y me mandaron a mí)

Cinco minutos después de haber visto por primera vez la Tierra me pidieron que entrase en la cápsula. Me puse el traje de seguridad y me aseguré con los cinturones que había dentro. Mis compañeros de fuera se aseguraron de que la escotilla estaba completa y seguramente cerrada. Dieron dos golpes y me preparé. Medio minuto después empezó la caída. Oí como mi comunicador se encendía. Desde la nave me indicarían cuando abrir los paracaídas, en el remoto caso de que no lo hiciesen automáticamente. Tuve una conversación de unos tres minutos con uno de los tripulantes de la nave, al terminar noté una sacudida. Le oí decir “Eso habrán sido los paracaídas.” y despedirse “Ahora estás a solas. Buena suerte.”

La sacudida final tuvo lugar un par de minutos después. Tras asegurarme de que estaba sobre el suelo me desaté y me incorporé. Abrí la escotilla superior y noté como el habitáculo se llenaba de aire fresco. Recé para que los filtros de mi traje no fuesen defectuosos. Me asomé por la apertura y tiré de una palanca. Oí un ruido como tchunk y supe que, por fuera, se habían desplegado unos peldaños. Me icé y salí de la nave.

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