El Benlliure

El abuelo se sentó donde siempre se sentaba. Colocó su bastón a su lado, como solía hacer cuando nos contaba a mí y a mis primos una historia de su juventud. Seguramente ya la habríamos oído, pero nuestros padres nos pedían que le escuchásemos.  De vez en cuando contaba alguna divertida.

Se rascó la barbilla, donde siempre quiso tener una barba poblada y, como él decía, envidiable para cualquier hombre que se enorgullecese de serlo. Se ajustó la camisa para estar algo más cómodo en su enorme sofá y  empezó a hablar.

-Cuando yo tenía vuestra edad había algo a lo que llamábamos “cines”. Ahí íbamos a ver películas cuando se estrenaban. Lo que pasaba es que antes de que llegasen a nuestros hogares, nosotros las íbamos a ver a esos sitios, que eran los únicos, originalmente, que las podían emitir. Luego llegó internet, y, con él los servicios esos que usáis. NetFlix y eso.
Bueno, pues un buen día, paseando por delante de uno de ellos que cerró, vi que estaban de obras. Me fijé que nadie lo estaba vigilando, de modo que decidí colarme. Teniendo unos veinte años era algo que me parecía extremadamente razonable. Por el amor de Dios, era casi obligatorio, de modo que decidí entrar. Me esperaba ver trozos de mi infancia, como la sala donde vi Tarzán cuando tenía cinco años. No había restos de ello. Tampoco parecía que hubiese ninguna clase de reforma en progreso. Dentro sólo había gente famosa. Tenían una cosa en común. Todos estaban muertos. Estuve con Jaco Pastorius, Jimi Hendrix, Audrey Hepburn, Auguste Rodin, Karl Marx, Henry Ford… Muchísima gente famosa y también con gente no famosa, pero no tiene sentido que os diga quienes eran.
Lo que más me sorprendió no fue ver a toda esta gente. Recuerdo haber visto algo sorprendente sobre un pedestal. Era la Muerte. Tocando una guitarra eléctrica. Sé que, al verlo, pensé que no se podía ser más brutal, era imposible. Luego hablé con Jesucristo y Judas, pero no el que le traicionó, el otro. Eran muy majos. Al salir vi que el mundo había perdido un cierto… color, por así decirlo. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaba muerto.

-Mamá,-chillé-el abuelo no se ha tomado las pastillas que necesitaba tomarse hoy.

-¿Qué hacéis aquí?-gritó mi abuelo-¡Eso significa que también estás muertos!

Mi madre llegó antes de que pudiese asustar más a mis primitas y le dio su pastilla. Mi abuelo se la tomó sin rechistar. Al parecer era una especie de antipsicótico que empezó a tomar al cumplir los veinticuatro, recetado por un psiquiatra del gobierno. Si prestabas atención a sus historias, daba a entender que en realidad era un alienígena. Todos creíamos que mi abuelo no terminaba de entender la realidad.

Tenía razón en todo lo que decía. Menos lo del alienígena.

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