El secreto

Hubo un tiempo en que podía ver la luz. Los colores y las formas, la belleza y la fealdad, y todo un mundo de sensaciones, captados por mis ojos, quedaban grabados en mi mente. Cada mañana, mis párpados abrían el paso a los cálidos rayos del sol, librándome de la oscuridad. Cada tarde, desde el tejado de mi casa, contemplaba con orgullo cómo el gigante naranja se ocultaba tras las montañas. Cada noche, un manto azulado cubría el firmamento, dando paso a un cúmulo de pequeñas luces.

Cuando pude, miré, pero no vi nada. Ahora no puedo mirar, pero soy capaz de ver la importancia de las cosas que no siento. Es el recuerdo del color, grabado a fuego en mi mente, el que me permite seguir adelante. Sólo un recuerdo.

Pero no sólo se cerraron muchas puertas; también se abrieron muchas otras. Mi imaginación me permite ahora recrear lo que me comunican mis sentidos, más audaces y precisos que antes, cuando no los necesitaba. Descubrí un cúmulo de nuevos sonidos, texturas y olores. Es lo más parecido a la vista que tengo ahora.

Han sido ya muchos años los que he vivido en la oscuridad, y no hay nada que pueda incapacitarme.

Perdí la vista cuando apenas tenía nueve años. Por ese entonces, mi familia habitaba en una pequeña aldea cerca del río, conocida como Chaûmont. Mi padre, herrero, estaba aún en el taller, y mi madre preparaba la cena ante mi curioso interés.

-¿Cuándo viene padre?-pregunté

-Ya está acabando.-contestó ella.

Era una mujer muy joven, de pelo largo y oscuro. Siempre me miraba con gracia, sin borrar de su rostro una amplia sonrisa. Inmutable, continuó afanada su labor.

No me interesaba en absoluto la cocina, pero mi mente infantil estaba maquinando una travesura para sorprender a mi padre. Siempre se reía, en lugar de reñirme como hacían los demás hombres de la aldea.

Nuestra casa no era grande, pero tampoco pequeña. Contenía el espacio necesario para cubrir una pequeña cocina, una mesa, chimenea, y tres lechos. Ni más, ni menos. Pero era nuestro hogar, y uno más grande no nos habría hecho más felices de lo que éramos.

Por la estrecha ventana enmarcada entre los muros de piedra, vi los últimos rayos de sol desaparecer tras la frondosa colina. Hora para mi padre de volver. Y la travesura no estaba lista.

Vi a un hombre a lo lejos, en la colina. No muy lejos, había una torre casi derruida, vestigio de tiempos de guerra. Supuse que vendría de allí. Una idea emergió en mi mente.

Salí corriendo de casa, sin avisar a mi madre, y eché a correr descalzo por la verdura del campo. A mis espaldas, dejé Chaûmond, un desconocido conjunto de casas y rodeado de cultivos, perdido en la inmensidad de la campiña francesa.

Aún recuerdo el anochecer de mi aldea. Justo después de la caída del sol, los hombres volvían del campo o de la herrería, o de donde quiera que trabajaran, y se refugiaban en sus hogares. Cenaban. Y, poco a poco, las luces iban desapareciendo, hasta que Chaûmont desaparecía en la negrura. El pueblo se hacía invisible.

No me detuve hasta llegar a la torre, aunque junto a mí pasaron varios vecinos, cargados con los azadones, y algunos pararon para preguntarme a dónde iba. No me oculte de ellos, pues mi intención, aunque era esconderme de mis padres, no era asustarlos. Los campesinos les avisarían, y entonces mi padre vendría a buscarme, y podríamos jugar a ser guerreros en las ruinas.

Siempre fue igual. Hasta ese día. No encontré al hombre que esperaba de pie en la colina. No estaba. Ni en la torre, ni en el campo. Simplemente, había desaparecido. Algo asustado, caminé hasta la torre. Tendría casi cuatro pisos, y su estructura de roca terminaba en una corona de almenas. Media pared había caído, dejando al descubierto una escalera de madera podrida y recubierta de enredaderas.

Oí a un perro ladrar. Pero no pude verlo. Antes de que pudiera darme cuenta, cayó la noche. Y mi padre no había venido.

La oscuridad envolvió la arcaica fortaleza. Ingenuo, decidí esperarlo dentro. No me atrevía a volver sólo a casa. Pronto descubrí la razón por la que los hombres se refugiaban al anochecer, la razón por la que nadie salía después de medianoche.

Pasaron los minutos, y las horas, y aterrado comencé a llorar. Si mi padre no había venido es que algo terrible había ocurrido. Oí un grito. Me puse en pie de inmediato, y permanecí inmóvil, aguzando el oído.

Era él.

-¡Corre! ¡A casa! ¡Corre!-gritó el hombre que corría desbocado en dirección al pueblo.

Un jinete lo perseguía, envuelto en una larga capa con capucha que ondeaba al viento. El caballo era oscuro. Casi invisible en la negrura.

-¡Corre!

Estaba inmóvil. Paralizado por el miedo. Intenté moverme pero me fue imposible. Contemplé cómo el hombre a caballo se abalanzaba sobre mi padre y lo acuchillaba.

-¡Corre por favor! ¡Co..!

Una última puñalada ahogó su grito.

Que estúpido. Aún hoy me arrepiento de haberme quedado petrificado. Recuerdo que el asesino se giró y me miró durante unos segundos. Entonces corrí. Pero ya era tarde.

Me persiguió a caballo. Sentía los resoplidos del animal a mi espalda. Tropecé. La criatura echaba espuma blanca por la boca. Sufría extrañas convulsiones. El jinete se bajó de un salto y caminó hasta mi. Ya estaba todo perdido. Intenté suplicar que no me matara pero las palabras no querían salir de mi boca.

Me agarró la cara con su gélida mano, Olí su aliento agrio y  repugnante. Me daba arcadas. Tenía una cuchilla fina en la mano. Me revolví. Pero me dejó ciego.

Mi madre me encontró a la mañana siguiente tirado en medio del prado. No quise contar nada. Y aun hoy nadie conoce la historia.

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