Grand City VIII

Los agentes no le esposaron inmediatamente, confiaron en que Karl se comportaría de manera civilizada, de modo que lo hicieron en el recibidor, donde había menos gente. Le subieron al furgón rápidamente y no le dieron conversación en lo que duró el camino, de forma que Karl tuvo que buscar maneras de entretenerse a sí mismo. La primera fue intentar quitarse las esposas, tarea que solo trajo consigo molestias en las muñecas.

Para cuando se le ocurrió otra diversión las puertas se abrieron y un agente le hizo gestos para que bajase. Karl se incorporó e, inmediatamente, se sentó de nuevo.

-Cuidado-dijo el hombre-el techo es bajo.

-Ya veo, ya.

Karl bajó del vehículo. El patio a donde le habían llevado estaba relativamente vacío; un par de palomas, dos agentes charlando, roedores que era mejor no tratar de identificar. Lo que no había era ningún otro carromato salvo aquél en el que le habían traído.

-Disculpe-dijo Karl dirigiéndose al agente que estaba apeándose de la parte delantera-¿podré quedarme los cigarros que he traído?

El hombre asintió sin mirarle.

-Imagino que tendrá algún abogado. Si no fuese así, creo que su embajada le proporcionará uno.

-¿Perdón?-Karl se dirigió al hombre que le acababa de hablar-No le estaba prestando atención, estaba hablando con su compañero. Disculpe.

-Le decía que, si no tuviese abogado, su embajada dejaría uno a su servicio.

-Sí, tengo uno; pero antes tendría que llegar hasta aquí.

-De acuerdo. Si me hiciese el favor de seguirme.

-Claro, claro. ¿Sabe algo de Archibald?

-No, salvo que no parecía muy sano.

Karl no dijo más en lo que duró el paseo hasta la celda. Los pasillos de entrada estaban iluminados por lamparillas. Los que llevaban hasta los calabozos tenían agujeros que dejaban que pasase algo de luz, pero no la suficiente como para que le resultase sencillo navegar el complejo. El agente, por su parte, no parecía tener ninguna clase de problema. Karl le evaluó silenciosamente. Era un hombre pequeño comparado a él, aunque eso era normal. Nunca había conocido a alguien de su estatura.

Al poco rato el agente eligió una celda y abrió la puerta. Parecía ser la más limpia de todas. Con dos o tres movimientos el policía le quitó las esposas.

-Siento mucho esto caballero.

-No se preocupe-replicó Karl colocando los brazos en jarras mientras investigaba la ­habitación donde pasaría la noche y, quizás, alguna que otra semana.

-¿Por qué no ha recurrido a inmunidad diplomática?-dijo el policía mientras cerraba la puerta.

-No soy un embajador, ni siquiera soy un cónsul. Por no decir que no creo que funcione así. No creo que la inmunidad diplomática sea una tarjeta que te saca de la cárcel.

-Entiendo-respondió el otro sin comprender qué le estaba diciendo el gigante al que acaba de encerrar.

Karl se quitó, una vez solo, la chaqueta y sacó uno de sus cigarros. Lo encendió mientras volvía a observar la celda.

Estaba diseñada para una sola persona. Klein se preguntó si esto era frecuente. El catre no parecía incómodo, pero tampoco parecía particularmente cómodo.

Un agujero en el suelo hacía las veces de retrete y de cenicero. Al lado de la cama había una palangana vacía. El techo, por su parte, estaba decorado con telarañas y grietas. También había un tragaluz que se podía decir cumplía su función por la sencilla razón de que no reducía la luminosidad del habitáculo.

No había mucho más en la celda salvo Karl y un pequeño ratón que le estaba observando

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