Grand City VII

La cafetería estaba prácticamente vacía, puesto que aún no era hora de comer. Había un par de tipógrafos rezagados charlando en una mesa y que, seguramente, aún no se habían enterado del cambio del número. Louis se sentó en una de las mesas al lado de la puerta e, inmediatamente, sacó un pequeño cuaderno, una goma y un lápiz.

Buscó la última página en la que había escrito el día anterior y retomó un reportaje donde lo había dejado antes de acostarse. Desafortunadamente, tras unos veinte minutos atascado en la misma frase, no le quedó más remedio que rendirse y buscar otra idea para un artículo nuevo. Se levantó y se acercó a una mesa algo llena y comenzó a charlar con los hombres. Ninguno parecía querer prestarle demasiada atención. Conociendo ya la imprenta entera y el resto del edificio no tenía gran cosa que hacer.

Se incorporó y se dirigió a la salida, dispuesto a pasear. Decidió tomar la salida que estaba en la otra punta del edificio, para así poder echar un vistazo de nuevo a la maquinaria. Los aparatos estaban aún apagados, pero nadie estaba quieto: Los obreros retiraban papeles frenéticamente; los tipógrafos quitaban letras de las casillas mientras sus compañeros rebuscaban en cajetines desesperadamente.

A su paso por el cubo de basura, Louis cogió uno de los periódicos ya inservibles. Lo ojeó mientras andaba, teniendo cuidado de no estar en medio del camino de nadie.

Nada más salir de la imprenta vio que le estaba esperando un hombre que, a juzgar por su ropa, tenía dinero; era un abogado y no parecía contento.

-Disculpe, caballero, ¿ha visto usted este barco?

El hombre le tendió un pequeño grabado del barco al que Louis había subido esa mañana. Evitó la tentación de decir no inmediatamente, pensaba que, de alguna manera, eso le habría delatado. Pasó  un par de segundos estudiando la imagen detenidamente.

-No, no creo haber visto un navío similar. Le recomiendo pregunte en los muelles. Imagino que allí sabrán dirigirle.

El hombre suspiró.

-Caballero, esto era una formalidad. El guardia vigilándolo juró cuando entró en contacto conmigo que fue usted quien subió esta mañana. Sígame, por favor.

-¿Cómo me ha localizado?

-A través de su jefe. El hombre ha recogido esto-el abogado ofreció a Louis la tarjeta de visita que, dos semanas antes, había mandado le imprimiesen-y contactó conmigo.

-¡Vaya!-dijo Louis guardando la tarjeta en uno de los bolsillos de sus pantalones-¿Podría devolverme el soborno?

-Caballero,-sonrió el hombre-creo que usted va a salir muy bien parado de esta situación como para reclamar dinero.

Al tiempo que le decía esto subió al carro en el que había venido. Era una Victoria, de manera que estaba descubierto. Le hizo gestos para que subiese. Louis se acomodó frente al hombre.

-¿Puedo saber qué me va a pasar?

-No gran cosa. Tengo que asegurarme de que usted firme ciertos documentos.

-¿Por?

-Al hacerlo se compromete usted a no decir nada de lo que pudo ver en el barco.

-Ah. ¿No podían esperarme en mi domicilio y hacer que firmase ahí?

-Personalmente yo habría hecho eso, pero mi cliente quería evitar posibles problemas, de manera que, en cuanto supo del incidente, hizo que me pusiese en contacto con usted inmediatamente.

-De acuerdo.-dijo, sin entender exactamente qué estaba pasando-¿Podría saber quién es su cliente?

-Sí, pero yo no se lo diré. Me pagó una cantidad de dinero francamente impresionante para que no le revelase a nadie su identidad.

Dijo todo esto mientras alcanzaba un maletín que, hasta ese momento, Louis no había visto.

-De acuerdo. Ponga su nombre sobre esta línea y firme aquí.-dijo tendiéndole una pluma.

-¿Qué estoy firmando?

-A grandes rasgos está acordando que no va a publicar ningún artículo que pudiese relacionarse con el barco de mi cliente.

-¿Qué pasaría si lo hiciese?

El abogado señaló una línea.

-¿De dónde podría sacar este dinero?

-Eso,-dijo secando y guardando los papeles-siento decirle, no es de mi incumbencia. ¿Puedo asumir que no va a decir nada?

Louis asintió. El abogado sonrió.

-Ha hecho lo correcto. De no haber firmado, esto habría sido desagradable, tanto para usted como para mí. Si quiere le puedo dejar en su domicilio.

-Eh… Sí, por favor, muchas gracias.-replicó, intentando ocultar su miedo.

Veinte minutos después Louis estaba en el portal de su domicilio, algo desconcertado por el encuentro. Antes de que el carro volviese a ponerse en movimiento Louis hizo gestos para que no se marchase todavía.

-Disculpe, ¿por qué está su cliente tan preocupado porque se den noticias del barco y, sin embargo, lo tiene con el resto de cruceros?

-El problema no es que se sepa de la existencia del navío, sino de lo que pueda haber en su interior.

-¿Un restaurante?

-No lo sé, no he subido. Pase usted un buen día.

Louis vio como se alejaba el carro y, cuando había girado la esquina, entró al edificio. Delante de su apartamento estaba el redactor-jefe.

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