Rotting Corpse VII

Esta es la última entrada de Rotting Corpse con Louis como protagonista. Sigo explorando al personaje en otra historia, pero como secundario. Disfrutad:

El hombre era alto; más que yo. Negro. No en el sentido tradicional; era negro como el vacío del espacio, como el alma de un homicida… Era el negro de algo que no entiende o, al menos, no quiere entender el tiempo.

Al verle, la chica, que estaba a mi lado, dio un par de pasos hacia atrás. Al hombre no pareció afectarle. No demasiado, al menos. Aún así no parecía dispuesto a dejar que ninguno de nosotros se marchase.

La chica intentó, imagino, contactar con alguien, porque el desconocido se personó detrás de ella de pronto y la redujo con un golpe de su bastón en la nuca. Ella se desplomó casi inmediatamente.

Mientras el hombre estaba distraído con la desafortunada recepcionista aproveché para salir por patas. Entré al ascensor, que estaba convenientemente cerca, e intenté pulsar algún botón, aunque no me moviese. Bastaba con que cerrase las puertas. Había dos, de manera que pulsé ambos, puesto que no sabía cuál me llevaría a dónde, pero estaba completamente seguro de que uno de ellos era para otra planta distinta.

Para cuando el hombre empezó a girarse para alcanzarme las puertas se estaban terminando de cerrar, de tal forma que metió el bastón para intentar hacer palanca, como en esa película con los robots, la que se llama como la línea entre la noche y el día. Su bastón, sin embargo, no era rival para las puertas, que lo seccionaron limpiamente, como si fuese chicle. Antes de que el ascensor se pusiese en marcha le oí jurar.

Los pedazos del bastón que se quedaron en el ascensor se hicieron polvo y escaparon por las juntas.

Al cabo de un tiempo me di cuenta de que el ascensor en el que estaba no era el mismo que el que había usado para subir. Para empezar tenía botones y las paredes no eran blancas, sino de un tono marfil muy claro. No era exactamente igual, vamos.

Volví a la sal del cartel. La única salida era el ascensor. Nada más salir de él, se puso en marcha de nuevo. Estimé que tenía unos diez minutos antes de que volviese, con desconocido incluido. Los aproveché para determinar a dónde quería ir. Cuando lo supe me giré para mirar el cartel, porque tenía la sensación de que debía hacerlo. No me equivoqué. El mensaje había cambiado: “Hay otra manera. Hay más opciones”.

No le di mucha importancia. Me concentré en un lugar (el CERN) y una fecha (un par de años en el futuro) por mera curiosidad. La sensación fue igual que la última vez, pero el despertar fue algo diferente. Para empezar no estaba donde quería y, para seguir, me sentía restringido, atado.

La sala en la que había aparecido era algo más grande que mi habitación. Las paredes estaban limpias, sin ninguna clase de decoración, cosa que realzaba su palidez. Delante de mí había una hoja flotando. Sobre ella rezaba lo siguiente:

“Estimado Mr. Louis:

Vemos que ha intentado dirigirse al CERN unos cinco años después de fallecer. Sentimos comunicarle que no lo podemos permitir. Debe o bien “vivir” ese tiempo, o bien esperar aquí.

En caso de que quisiese comunicar sus conocimientos del futuro a cualquier persona clínicamente viva de su pasado debe consultar a un asesor temporal.

Atentamente suyos:

Orden del Orden”

Descolocado por el mensaje me senté en el suelo. Me decanté por “vivir” en el CERN, para ver la evolución de la ciencia.

Al aparecer me fijé en el entorno: Gente con batas blancas poblaba los pasillos. Cables colgaban del techo, decorando los corredores, como en una película mala de ciencia ficción.

Paseé durante un par de horas sin que, obviamente, me viese nadie. Cuando me cansé de esperar entré a una especie de sala de descanso. En ella estaba sentado el hombre. Me sonrió y, antes de que pudiese siquiera pensar en huir, me cogió de los hombros.

-Llevó esperando un tiempo. Un par de lustros aquí, de hecho, pero tú me has visto hace menos de un día, ¿no es así?

El hombre se presentó, tras decir esto, como el Barón. Me explicó que sus amigos y él estaban “en guerra” (comillas incluidas) con la OO.

-Verás, no quiero presionarte. Tampoco era mi intención asustarte. Sí es cierto que te quería muerto, pero no a ti en concreto, no es nada personal, necesitaba, simplemente, que alguien muriese por nuestra causa…

Todo esto lo dijo sin que su sonrisa temblase, con un aire inocente, casi.

-Estoy-interrumpí-en coma ¿verdad?

-No, estás muerto. Al menos para los humanos de tu dimensión original-miró su muñeca-Sí, estás muy muerto. En cualquier caso, eh venido a ofrecerte una opción distinta a la de la OO.

-¿Eh?

-Sí, ellos te ofrecen la vida eterna que desees, pero usan tu felicidad como energía. No es malo, ni mucho menos, sólo la usan. Antes, para ofrecer un Infierno, usaban el sufrimiento, pero la felicidad es más eficiente.

-¿Tú-he titubeado-qué me ofreces?

-Mis colegas y yo te ofrecemos lo que de verdad quieres.

-¿El qué?

-Descanso. Pasar a ser parte del Universo. Purgar tu alma. Olvidar… Llámalo como quieras. Te damos eso. Lo que tu Universo necesita de verdad.

-¿Mi Universo?

-Eso es irrelevante,-dijo, como si para mí lo fuese realmente-el caso es que, si eliges mi opción, tendrías que hacerme un pequeño favor.

-¿Qué favor?

-No puedo decírtelo si no eliges mi opción. Si lo hiciese y eligieses a la OO, seguramente terminarías en un Infierno, para mandarnos un mensaje, y no queremos hacer daño a los humanos.

-Si elijo la no-existencia, entonces ¿me lo explicas?

-Eso es ¿Por qué no te quedas aquí-cambiamos de habitación sin hacer nada-hasta que te decidas?

-¿Por qué yo?-pregunté.

-¿Por qué no?-replicó, sonriendo de nuevo.

Hasta ahora no le he vuelto a ver. Creo que llevo un par de semanas aquí, pero, estando fuera del tiempo, eso no tiene sentido. Aún no he decidido del todo lo que quiero, pero creo que ya casi lo sé seguro.

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