Los miedos del loco

No recuerdo bien el nombre, ni tampoco el rostro, de aquel al que observé durante tantos años. No sólo lo miraba, sino que también traté de analizar sus pensamientos, su manera de razonar, intenté analizar su alma pero jamás obtuve conclusiones.

Cuando nos conocimos, él era distinto. No exigía nada a la vida. Vivía el momento y se conformaba con lo que tenía. Pero todo cambió cuando conoció a aquella chica. Lo embaucó, se hicieron novios, pero desde el primer momento la imagen que ella le devolvía de si mismo fue oscura, y poco a poco él empezó a volverse oscuro. Duraron juntos más de lo que esperaba, quizás por su miedo a quedarse sólo. Su relación destructiva terminó en la playa, con un simple “no te quiero” y lágrimas resbalando por la mejilla de uno de ellos. Él no lo superó. Creo que aún no lo ha hecho. Sin embargo, ella no tardó en encontrar a otro.

El que ahora llaman loco era entonces un joven de 18 años recién cumplidos. Si algo temía, era estar sólo para siempre. Intenté ayudarlo a encontrar pareja, pero su personalidad, poco definida y cambiante, hizo imposible nuestra misión. Llegó el invierno, y el joven de pelo liso y tono claro me presentó a una chica. En el momento en que la vi, lo supe: era idéntica a la anterior. Podrían ser perfectamente hermanas. No, no lo había superado.

No llegaron a ser novios. Tras una pelea su amistad desapareció tan rápido como había comenzado. Cada vez más triste, él empezó a perder el rumbo.

Cambió de amistades, de atuendo, de personalidad, casi a diario. Era imposible llegar a conocerlo. Su alma era un virus que mutaba constantemente, de forma alocada, sin un patrón preestablecido. Intenté averiguar qué le ocurría. ¿Miedo a la soledad?. No, quizás demasiadas expectativas que no podía cumplir. No se conformaba. Quería más.

Viajé a una tierra lejana y perdí el contacto. Pero volví. Pregunté por él. Y lo encontré.

Ya no era el mismo. Mi antiguo amigo estaba apoyado en una pared cubierta de grafittis en un barrio marginal. Su tez era amarillenta y pálida. Un hombre estaba a su lado, de pie. Le pregunté por él y me contó que mi amigo era drogadicto, que había estado en prisión por violación, y que su vida había sido un asco. Le pregunté que por qué la vida de mi amigo había sido tan triste. Y me lo contó.

Desde el principio, él estuvo enamorado de mi. Era homosexual. No se atrevió a decirlo, y estuvo con mujeres, pero siempre creó problemas para poder contármelos y tenerme cerca y preocupado por él. Se sentía sólo porque sabía que yo no era como él. Que nunca iba a quererlo como él quería. Cuando me fui, quedó destrozado, y entró en el mundo de la droga. Yo lo había abandonado. Y se arrepentía de haber tratado mal a aquella primera novia, porque al menos ahora no estaría solo.

La historia no fue como yo había creído que era. Días más tarde mi amigo murió de un disparo en una reyerta. Creo que aún hoy, esté donde esté, se arrepiente de haberme conocido.

Anuncios

Un comentario en “Los miedos del loco

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s