Bala o plata.

El señor Mendoza estaba preocupado. Su empresa se ahogaba en deudas desde hacía varios meses y, para colmo, la situación económica y los clientes morosos no mejoraban el asunto.

En la mañana del 6 de diciembre el joven empresario organizaba los papeles de su despacho cuando oyó un frenazo en la calle. Supuso que era alguno de sus empleados, que llegaba tarde y con prisa, así que se asomó a la ventana para saber de quién se trataba.

Abajo se habían detenido dos enormes Cadillac Escalade plateados. De uno de ellos descendió un hombre de baja estatura, pero de aspecto rudo e intimidante. El empresario se estaba poniendo nervioso, pero decidió mantener la compostura y  acudir a recibir a los visitantes. Cuando llegó a la recepción el hombre ya hablaba con la secretaria.

-Hemos venido a cobrar la cuota-soltó

Mendoza guardó silencio hasta que se le ocurrió la respuesta más oportuna.

-Estamos hasta arriba de gastos, si pagamos una cuota tendremos que cerrar la empresa.

-Bien.

El hombre se dio la vuelta y caminó hasta el coche. En cuestión de segundos, los dos todoterrenos desaparecieron de la zona.

Mendoza estaba preocupado. Pero esta vez por otro motivo. Despertó de una pesadilla a las 6 de la mañana del 7 de diciembre. Su mujer despertó junto a él.

-¿Que pasa? Es temprano-murmuró ella, mientras se desperezaba.

-No puedo dormir.

-Vaya…

-Voy a irme ya. Tengo cosas que hacer, hay que organizar papeles y llamar a los clientes, necesito cobrar urgentemente.

-Está bien.

Mendoza se puso en pie. Hacía frío.

-¿Dónde está mi camisa?

-Ah, la puse a lavar-comentó su mujer.-Pero te he comprado otra.

El empresario sonrió. Se probó la camisa de color blanco impoluto y decidió que le gustaba. La llevaría al trabajo.

Fue el primero en llegar. Como siempre. Aparcó su viejo Buick  frente a la puerta del edificio y siguió el ritual habitual de cada mañana. Pero con una diferencia. La puerta estaba abierta. Mendoza empezó a temblar de miedo.

Entró y subió hasta su despacho. Por suerte, no parecía haber nadie. Todo estaba en orden. Por si acaso, empezó a abrir cajones, y comprobó que no había desaparecido nada. Su sorpresa llegó cuando se sentó frente a la mesa. Encima de ella, alguien había dejado dos balas de gran calibre. Brillantes. Limpias.

Marina descansó un par de horas más después de que su marido saliera tan temprano a trabajar. Sabía que pasaba algo. La empresa no iba bien, porque su esposo estaba permanentemente nervioso y triste. Vistió a sus dos hijos y los montó en el coche. El colegio estaba algo lejos, incluso tenía que entrar en la autovía, aunque sólo un tramo.

-¿Qué pasa chicos? Que silencio – bromeó ella, cansada del habitual viaje aburrido hacia la escuela.

-Mamá mira-dijo su hija, mientras señalaba algo con el dedo

Marina apartó la vista de la carretera un segundo para ver a qué se refería la niña. Algo colgaba del puente que cruzaba la autovía. Colgaba de un cable amarrado a la barandilla. Era un hombre. Y llevaba una camisa blanca. Nueva. Impoluta.

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