Rotting Corpse V

El chico intentó desaparecer lo más rápido posible de mi vista. De nuevo, tener un cuerpo que no sentía necesidad de descansar, me dio superioridad absoluta. En menos de dos minutos le tenía reducido contra la pared. No debía ser mucho mayor que yo, pero su expresión cansada le hacía aparentar unos cuarenta años.

-¡Suéltame!-chilló, intentando sacar algo del bolsillo-¡Suéltame o te pego un tiro!

-¿En serio crees que eso funcionaría? ¿Después de lo de esta mañana?

El joven se quedó sin palabras durante un par de segundos, rememorando la mañana.

-¿En serio te he matado?

-Sí, al menos eso creo. Cabe la posibilidad de que esto sea un sueño debido a un coma, como la serie esa…

-Te puedo asegurar que a mí no me parece un sueño… Bueno,-dijo, sin dejar de forcejear-si estás muerto ¿Qué haces aquí?

-Soy un zombie. Así de sencillo.

El hombre se quedó paralizado y palideció al tiempo que ponía su mejor cara de póquer. No era muy buena.

-¿Por qué no me explicas el tiroteo?

-No sé si debiera. Me dijeron que no se lo podía decir a nadie. Y también estaría confesando un delito muy grave.

Tras una brevísima conversación con mis puños, el joven, que respondía a Ángel, empezó a hablar.

-¡Vale! ¡Para! Me pidieron que disparase en un lugar con gente y que al menos cayese una persona.

-¿Te lo pidieron? ¿Lo hiciste porque te lo pidieron y querías?

-Hombre, querer querer… No. Me pagaron muchísimo. Suficiente como para solucionar mi vida.

-Vamos, que no eres un profesional.

-No, ni por asomo.

-Y, sin embargo, mataste sin pensarlo dos veces.

-No, o sea, sí, este no… Joder. Me lo pensé durante varios meses antes de hacerlo.

Vi que estaba siendo honesto conmigo, que no me había matado a mí en concreto, sino que yo había sido al que había matado.

-¿Quién te pagó?

Ángel estaba muy nervioso y no quería decir nada, pero después de verme amagar un puñetazo a su ya destrozada nariz volvió a hablar.

-Varios. Fueron un chico joven y un negro bien vestido. Me dijeron que era muy importante que la gente entrase en pánico, que hubiese mucho caos y que, por lo menos, como ya he dicho, una persona fuese abatida.

Las “órdenes” que le habían dado eran, en mi opinión, algo laxas para un homicidio.

-¿De dónde sacaste las armas?

Al ver que no quería hablar más he hecho amago de pegarle de nuevo.

-Me las dieron ellos, los que pagaron. Acabo de devolvérselas. No me pegues más.-replicó a una velocidad inhumana.

-Hmm… ¿Por qué te fuiste corriendo? Huiste como si hubieses visto un fantasma.-me pregunté si la razón por la que había huido era yo.

-¿Estabas ahí?-vio mi cara de No-voy-a-responder-Bueno, da igual. El caso es que creí haber visto a la Parca paseando por ahí, cerca de ti.

-¿Te dijeron por qué tenías que hacerlo?

-No, pero les oí hablar de mandar un mensaje a alguien. A lo mejor tú eras el mensaje.

Cansado del chico le solté. Salió corriendo como alma que lleva el diablo.

En ese momento no me di cuenta, pero había empezado a seguirme un hombre africano (haitiano, en realidad) impecablemente vestido. Poco después aprendería que se hacía llamara, entre muchos otros nombres, Barón.

Para cuando volví a tomar control de mi cuerpo vi que, sin quererlo, había vuelto al hospital dónde había recuperado mi cuerpo. Entendí que, si me iba de verdad, unas cuantas personas, especialmente las responsables de cuidar de mi cadáver, iban a meterse en un buen lío, así que intenté volver a la sala refrigerada donde mi cuerpo debía estar. Muy a pesar de mis buenas intenciones, llegué tarde. Se podían oír las voces de dos agentes; uno de ellos blasfemaba dentro de la nevera mientras que el otro discutía con un médico, preguntándole qué había hecho con mi cadáver.

Esto me planteaba un buen problema. No podía entrar andando y dejar mi cuerpo tirado en cualquier esquina sin más, aunque era francamente tentador. Tampoco podía desplomarme en la calle. Después de todo, nadie podría justificar cómo un muerto había salido de una sala refrigerada, se había vestido y se había desmoronado en la calle. Al menos no lo podrían justificar sin ganarse un viaje de ida al pabellón psiquiátrico.

La única manera de solucionar esto era llamando. Volví a la recepción para que no me viesen ni los policías ni los médicos. Marqué rápidamente y esperé pacientemente.

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