El ojo de la serpiente

Hubo un tiempo en el que un sólo hombre imponía su voluntad en todo el mundo conocido. Venerado como un Dios por sus miles de súbditos, se sentía invencible y pensaba perpetuar su reinado hasta su muerte. Y lo habría conseguido, de no ser por las hordas de bandidos que emergieron de la jungla y quemaron las plantaciones de cereal. El reino sucumbió al hambre, a la pobreza, y a la muerte. Entonces los enemigos aparecieron desde todos los rincones del territorio, los esclavos se sublevaron, y el poder del rey comenzó a desmoronarse. Pero él, que había doblegado a tantos, el hombre más poderoso del mundo, sabía que necesitaba matar al líder de sus enemigos. Así había conseguido su poder y así lo mantendría. Aniquilando a todo el que intentara alzarse. Para tal tarea necesitaba al guerrero más fuerte.

Los mensajeros del rey del mundo buscaron a Dzul, el guerrero más fuerte, aquel que jamás había perdido un combate, y lo llevaron hasta el palacio. Allí se le encomendó la tarea de adentrarse en la jungla en busca del templo de Nikté. El rey sabía que si alguien había podido poner en peligro su reinado era su propia hermana, que habitaba desde siempre en un templo oculto en la profundidad de la selva. A Dzul se le entregó un mapa, y comprendió que debía seguir el río, que serpenteaba a través de la maleza, hasta un lago conocido como el ojo de la serpiente, donde se encontraba el templo. Una vez allí, bastaba con dar muerte a la mujer llamada Nikté.

Dzul no era simplemente conocido como el mejor, Dzul era de hecho el mejor guerrero que había pisado la faz de la Tierra. Pero no servía a ningún rey. Nadie podía doblegarlo, porque era capaz de matar a quien quisiera. Pero todo el mundo tiene un precio, y el suyo fue el oro que se le ofreció.

Convertido en mercenario Dzul siguió la ruta marcada en el mapa. Tardó 20 días y 20 noches en llegar hasta el ojo de la serpiente, y en su camino tuvo que enfrentarse a las bestias más feroces de la selva, a numerosos enemigos y a los asesinos enviados por Nikté. Pero, como era previsible, el guerrero más fuerte llegó hasta el templo. Una vez allí, escaló los muros cubiertos de musgo y enredaderas, y saltó al patio de la arcaica estructura. Nikté no se había tomado la molestia de esconderse. Dzul sacó su cuchillo de piedra y se acercó a ella.

-Me han pagado para matarte-soltó Dzul

-Ya lo sé. Tengo espías en el palacio de mi hermano. Pero antes de matarme escucha lo que tengo que decir.

Dzul estaba sorprendido. No percibía miedo en la mujer. Era la persona más valiente que había encontrado hasta ahora.

-Habla

-He oído que eres el guerrero más fuerte que existe. Y lo creo, puesto que conociendo a mi hermano no habría mandado a otro a por mí. Quiere asegurarse de que vuelves con mi cabeza. De todas formas quise comprobar tu fuerza y mandé a mis mejores asesinos y guerreros a por ti. Y les has dado muerte. De verdad eres el mejor. Eres a quien necesito.

-¿Para qué? ¿Para que mate a tu hermano? Lo haré con gusto si me pagas tres veces el oro que él me ha dado.

-No quiero eso

-¿Que quieres?-preguntó el guerrero

-No quiero matar al rey,  quiero destruír el imperio de esclavitud y muerte que él ha creado. Pero se que no lo conseguiré. Me faltará tiempo. Pero mis hijos, o mis nietos, lo conseguirán, y para eso necesito al mejor guerrero que ha existido, para que sea mi esposo.

-¿Qué gano con eso?

-Serás un rey. Mi rey. Tendrás todo cuanto tengo yo. Serás jefe de mi ejército, señor de mis súbditos, dueño de mis tierras y mi templo, y todo mi oro será tuyo.

-Entonces acepto.

Dzul contempló a la bella mujer llamada Nikté y sonrió al pensar que había tomado la decisión correcta. Esa noche, ambos compartieron lecho e hicieron el amor. Entonces, cuando Dzul cayó dormido, Nikté clavó un puñal en el pecho del guerrero, atravesando su corazón. Dzul abrió los ojos de par en par, y entonces Nikté susurró:

-Ya me has dado lo que quería.

La guerra prosiguió durante años, hasta que el hijo de Nikté logró la victoria y rebanó la cabeza del rey. Fue entonces cuando Nikté asesinó a su hijo y, ya anciana, se hizo con el poder del imperio de su hermano. Lejos de acabar con la crueldad y esclavitud, dio comienzo a un reinado aún más violento que el anterior.

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