Nusquam est verus

-Dios mío, ¿por favor podríais apartar esa luz? Me siento como en las películas antiguas de mafiosos.

Me encuentro en una habitación… o un descampado por todo lo que sé, la verdad, lo único que puedo ver claramente es el maldito foco apuntándome a la cara.

-Silencio, agente Thompson.

Oh genial encima con interrogador misterioso.

¿Viene esa voz de un altavoz?, desde luego suena mecanizada

-Las preguntas las hacemos nosotros, ahora hable; ¿qué sabe del proyecto Omega?, ¿Dónde se encuentra su contacto?

La luz hace difícil ver donde estoy, pero la verdad tampoco es que importe; últimamente no me entero de la mitad de lo que pasa a mí alrededor, y mucho menos tengo ningún control sobre ello.

-¡RESPONDA A LAS PREGUNTAS, MALDITA SEA!

Más me vale respirar hondo, a lo mejor si se lo explico todo me sueltan, no pierdo nada por intentarlo…

– Vale hablare, pero tendré que empezar desde el principio y es una larga historia…

– Tampoco tiene a dónde ir.

-Touché… No sé por dónde empezar, quizás por lo mal que dormía por esa época, o por el hecho de que llevaba tiempo faltando a la universidad o quizás…

Bueno el comienzo está en el origen como diría mi madre, creo; mi nombre no es, como todos parecéis afirmar, Thompson, ni Bond, ni MI5, ni nada por el estilo, mi nombre es Ballester, Leo Ballester para ser exactos, y hasta hace bien poco yo no era más que el típico estudiante , vago, ineficaz, despreocupado… como cualquier otro.

El día que empezó todo me encontraba durmiendo en la Castellana; no después de una fiesta loca como pensaréis, la verdad es bastante menos glamurosa; pero aún así, lo cierto es que ese día llegaba, lo que es muy tarde a mis clases (prefiero no entrar en detalles).

Cuando mis padres me levantaron esa mañana yo todavía farfullaba cosas sobre “matar a esos malditos azules”; y en ese estado mental, me pareció que lo más natural del mundo era recuperar el sueño perdido en una de las principales calles de Madrid. En pleno inverno. Con solo una chaqueta.

No era el mejor de mis días la verdad, pero si creéis que esto es totalmente inverosímil, más os vale prepararos, esto es lo más parecido a normal que encontrareis  en la historia por mi parte.

La verdad es que entre el frio, los coches, las motos, la gente… bueno ya sabéis las incomodidades de estar durmiendo a las diez de la mañana en la castellana sentado en un banco de madera; todos hemos pasado por eso ¿no?…

¿No?…

Vale, vale ya sigo.

Bueno a lo que iba es que entre el sueño, el dolor de cabeza, el ruido… la verdad es que ese día podrías haberme convencido para matar al presidente por tan solo unos guantes… o un aspirina.

Fue más o menos lo que pasó, aunque sin aspirina, claro. Nunca hay aspirinas.

Estaba entrando y saliendo de mi estado de muerte aparente cuando me di cuenta de que tenía a un señor sentado al lado de mí. Vosotros no me visteis ese día pero era raro creedme, es como si en el metro entras y te sientas tan tranquilo al lado del loco que no para de hablar solo.

Sobre matar gente.

Volviendo al asunto, este hombre iba forrado hasta las cejas, lo que no me pareció raro dado el frío, claro que ahora que lo pienso, el traje negro, la bufanda negra, las gafas negras… bueno ya sabes lo que quiero decir, no es que transmitiese el mas tranquilizador de los mensajes.

– Hace frío ¿eh?

Tardé un poco de tiempo en darme cuenta de que se dirigía a mí, y por un momento estuve tentado de responderle algo como “no, simplemente me gusta tiritar en la calle y volverme morado, es que quiero ser camaleón ¿sabes?” por suerte o por desgracia todavía me quedaba algo de cordura así que solo dije: Lastima que no tenga guantes.”

Y aquí es donde todo empezó a ir mal.

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