Nuevo Bombay. Parte II

Nilasha estaba jugando en la calle con su hermana y sus amigas cuando empezó a llover. Como era habitual las calles estaban llenas de coches, motos, y tuk-tuks.

Empezó a correr hacia su casa mientras el ácido caía sobre su piel, siseando, oscureciéndola más, si posible. Su hermana estaba prácticamente colgada de su mano. Al cabo de un par de minutos tirando de ella se cansó. Paró durante unos dolorosos segundos, la cogió y se la lanzó por encima del hombro. Llevarla a caballito no la haría ir más rápido, pero calmaría a su hermanita y, al mismo tiempo, protegería su propia espalda del escozor.

Al llegar a su casa, una chabola prácticamente igual a la de sus compañeras de clase, oyó la marea de gente que rodeaba las favelas neobombaiescas. Entró al edificio, si es que alguien lo hubiese llamado así, y echó un vistazo por la ventana. Parecía una avalancha multicolor. A pesar de estar lejos (a algo más de dos kilómetros) hacía que el suelo temblase. Sin embargo, Nilasha no podía ver de qué huían. Fuese lo que fuese, de momento estaba detrás de un super-rascacielos y no parecía que fuese a verlo hasta dentro de un rato.

Era como si todas las personas que vivían en las partes decentes de Nuevo Bombay estuviesen migrando en busca de algo mejor. Nilasha sabía que no era así. Nadie se atrevería, se meterían en un lío con la Policía Miltar de la RPA y, desde hacía uno o dos meses, las cosas estaban delicadas gracias a la presencia del CBVE en los nuevos campos de entrenamiento; de manera que, si se estaba dando un éxodo debía ser por una razón francamente buena.

A Nilasha, sin embargo, le daba igual. Su chabola era lo suficientemente buena como para quedarse y correr el riesgo. Hizo que su hermana se escondiese en lo que, a falta de mejor palabra, llamaban sótano y empezó a buscar a sus padres por la casa. En teoría no tenían ninguna razón para estar en casa, pero a veces decían estar enfermos y se quedaban en casa a dormir.

Una vez registrada la casa Nilasha estaba segura de que o bien estaban trabajando o, quizás, aprovechando el caos en las partes buenas de la ciudad y saqueando. Si todo iba bien hoy podría terminar con algo de ropa nueva e incluso algún que otro juguete nuevo. Mientras pensaba esto fue con su hermana y se sentó, abrazándola fuerte.

Unas horas después se arriesgó a salir del zulo donde se habían escondido. La puerta, como de costumbre se había quedado trabada, de manera que la abrió de una patada. Se acercó a la ventana y vio porque la gente había estado huyendo. Lo había visto un par de veces antes, en un libro. No sabía QUÉ libro en concreto, pero sí que era un libro antiguo, lo suficiente como para estar encuadernado con cuero. También recordaba que el nombre del autor era árabe. Empezó a investigar entre sus recuerdos y, tras unos minutos, consiguió acordarse de qué era lo que estaban combatiendo el CBVE y la Policía Militar de la RPA.

Era Nyarlathotep, uno de los dioses primordiales que Abdul Al-Hazred describió en su obra más conocida: El Necronomicón.

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