Psyché

El sol lucía tenue en un horizonte marcado de nubes negras. Amanecía, y las tropas de Filipo avanzaban inexorablemente sobre la ciudad de Queronea.

Aeneas escondió el rostro entre sus manos. Las colinas que rodeaban la ciudad pronto estarían plagadas de exploradores macedonios, así que tendría que volver cuanto antes a la ciudad. Pero por un momento buscaba la soledad.

Oyó que alguien susurraba su nombre a sus espaldas. Se giró despacio, y sus ojos castaños se encontraron con los de Aldora.

-Lo siento-murmuró él

La joven se sentó junto a él, sobre el suave manto de hierba cubierta de rocío.

-Bueno…-soltó ella

-¿Qué puedo hacer?-preguntó Aeneas, mirando fijamente a la chica

-No lo sé

El griego acercó sus labios a los de la joven y los besó suavemente, despacio, como queriendo grabar ese momento en la mente para siempre. Analizó hasta el último detalle. No olvidaría jamás los labios de Aldora. Sabía que aquella noche dormiría en el Hades. Pero no olvidaría nada.

Los dos jóvenes se acostaron juntos en el suelo. Aeneas jugueteó por última vez con el cabello largo y ondulado de su amada. También guardaría ese recuerdo.

-Me habría gustado pasar el resto de mis días contigo-susurró Aldora

-Y a mí

Aeneas apartó la vista. La idea de perder a su amada le desgarró el corazón. Antes luchar para Atenas era un honor, pero ahora que tenía algo que perder, morir no era más que una desgracia. Filipo habría acabado con las tropas de Atenas y Tebas antes del anochecer. Y entonces Aeneas desaparecería de la faz de la Tierra para siempre.

En esa última batalla lucharía con pena en el corazón. Con miedo de que todo acabara. Ya no era un buen  guerrero, pero tampoco quería serlo.

-¿Y si escapamos?-preguntó Aeneas, sin apartar la vista del cielo

-No. ¿Y si todos pensaran lo mismo? ¿Quién defendería a las polis griegas entonces?

Aeneas sabía que ya era hora de volver. Se levantó rápidamente, casi de un salto, y caminó de vuelta a Queronea. No se despediría de Aldora esta vez. Sabía que sería demasiado duro y no quería que los soldados lo vieran con los ojos empañados de lágrimas. No mostraría debilidad, aunque por dentro deseara gritar y escapar de allí como fuera.

Aldora permaneció tumbada, sin moverse, mientras su amado se alejaba.

La ciudad se había convertido en cuestión de horas en un cuartel militar. Los aliados griegos plagaban la zona, y comenzaban a organizarse entre los gritos de sus comandantes. Aeneas corrió a la casa donde se había alojado los últimos días. Se preguntó dónde estaría la familia que había vivido allí. Ahora los soldados de las polis ocupaban todas las viviendas de Queronea.

Se colocó el casco y ajustó las grebas y la coraza, recogió su escudo y su lanza, y salió con diligencia del edificio. La vida vista desde el yelmo era distinta. Ahora no era más que una máquina de matar perfectamente engrasada, un autómata regido por órdenes y que moriría para defender al pueblo de la invasión de un rey codicioso.

Aeneas no era más que un soldado. Pero hasta el más inocente de ese ejército sabía que perderían la batalla. Al otro lado de la colina se congregaron más de 30.000 macedonios.

Marcharon en ordenada formación fuera de la ciudad, hasta situarse sobre el camino principal. Las tropas atenienses se posicionaron en el ala izquierda, y los tebanos a la derecha. Aeneas observó que la línea griega cerraba el paso de los macedonios, como un muro entre el monte Turión y el río. De todas formas, la estrategia era cosa de los generales, así que prefirió despejar la mente y limitarse a combatir. Quizá así tendría alguna oportunidad de sobrevivir.

Y entonces comenzó la batalla. En cuestión de minutos la refriega ya había causado enormes bajas en ambos bandos. Había un atisbo de esperanza. Los macedonios no parecían superiores. Aeneas recordó aquella última mañana con Aldora, y eso le dio fuerzas para luchar. Sobreviviría. No tenía más remedio que hacerlo.

Pero todo se derrumbó cuando Alejandro, el joven hijo de Filipo, rompió las líneas tebanas y los obligó a retirarse. Ahora los atenienses estaban condenados. Aeneas vio cómo sus compañeros de armas perecían uno a uno. Era cuestión de tiempo que acabaran también con su vida. Ya no tenía fuerzas para seguir, y soltó su lanza. Pensó que rendirse era lo más fácil, aunque supusiera renunciar a Aldora.

Los generales ordenaron la rendición. Muerto o esclavo de un macedonio. Esas eran las únicas posibilidades que tenía Aeneas en ese instante. Quedó de pie, inmóvil, en medio del caos de los supervivientes atenienses.

Una mariposa de color naranja brillante se posó en su mano. Aeneas la contempló durante unos instantes. El tiempo pareció detenerse. Sus compañeros soltaban las armas y se rendían ante el enemigo. La probabilidad de que lograra escapar era poca, pero el premio si lo conseguía era inmenso. Volvería a ver el bello rostro de Aldora.

Aeneas dio media vuelta. Y, entonces, desertó.

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