Wastelands

Paseaba por las calles desiertas, agarrando mi AA-12 como una niña coge su muñeca. Los edificios caídos me rodeaban, dando al horizonte una forma de serrucho. De vez en cuando se podían ver columnas de humo saliendo de vehículos. Lo más raro es que después de la Gran Guerra (imagino que después de ella nadie se acuerda de la I y la II Guerra Mundial) no he visto a nadie.

Espero no ser el único superviviente de mi raza. Sería muy aburrido. El problema de la guerra es que me dejó (y sospecho que al resto de mis supervivientes) sin ningún tipo de aparato electrónico utilizable gracias a los pulsos electromagnéticos, de manera que no puedo saber si hay nadie vivo ni dónde estoy.

Al cabo de una media hora paseando por los desechos de mi vieja ciudad salí a campo abierto. Como es habitual no había viento. No sé como, pero después de que los dedos de Dios se posasen sobre la tierra y cayesen las bombas no hay nada de viento, salvo alguna brisa de vez en cuando.

Al caer la noche vi un cráter delante de mí. Al menos asumí que era un cráter. Más bien parecía un boquete al Infierno. Cogí un lucecilla de pesca, la encendí y la solté. Pasados unos diez segundos dejé de verla, de manera que sólo puedo asumir que el agujero era muy profundo, puesto que tampoco he oído cómo tocaba el fondo.

Decidí acampar al lado del cráter y dormir, como suelo hacer, abrazado a mi escopeta. No es el mejor arma posible, pero es la mejor que encontré desde que todo esto empezó. He usado desde bates para defenderme de animales salvajes, que, debido a la radiación, han mutado de manera desagradable y peligrosa, hasta lanzacohetes (quizás algo obscenamente agresivo, pero, muy a mi pesar, también divertido).

Las bestias que pueblan lo que queda de la Tierra no tienen nada que ver con las que se describían en películas o libros. Parecen el resultado de una noche, una vaca, un pulpo, un triciclo y MUCHO alcohol. Y esos son los bichos más bien bonitos. Los feos parecen… No, no hay nada en mi mente con los que compararlos, salvo mis pesadillas. De vez en cuando me cruzo con gatos grandes o con perros del tamaño de lobos.

Al despuntar el alba me puse de nuevo en marcha, rodeando el cráter. Nada mucho peor que mi situación actual podría salir de ahí, después de todo, la Tierra se transformó en el Infierno con el impacto de la primera cabeza.

A medio día comencé a sentir una brisa mientras entraba en un bosquecillo de árboles calcinados y, claramente, muertos. Me giré, sin embargo, no vi nada. Olfateé el aire un poco, pero no noté nada fuera de lo común.

Media hora después oí el gemido del viento, pero, para no correr ningún riesgo salté detrás de una roca y descargué mi escopeta en menos de cinco segundos. Esperé durante otros veinte minutos sin moverme

Al levantarme dejé caer el cargador viejo e introduje uno nuevo. Como sospechaba me había seguido algo. Ese algo parecía un lobo. Un lobo GRANDE. Cuando estaba a menos de cinco metros desenfundé un revólver y solté dos tiros en la cabeza de la bestia. Una vez hecho esto podía estar seguro de que había pasado al otro barrio.

Me terminé de acercar al animal (que era un lobo del tamaño de un Bulldozer) y comencé a abrirlo con el cuchillo, en caso de que hubiese algo que se pudiese aprovechar y saber si habría sido más rentable huir.

El peligro mereció la pena. En su interior encontré 300 puntos de experiencia y unas veinte monedas de oro (por qué se había comido las monedas nunca lo averiguaré)

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