Bítacora del Internetófilo. Día 22

Me he levantado a las siete de la mañana, mientras Laura seguía durmiendo. Me he despedido de ella con una nota y me he dirigido a la estación de autobuses. He intentado comprar el billete más barato para Fryazino, pero, de alguna manera, sé que el taquillero me ha estafado.

Me he montado en el autobús a las nueve en punto, hora a la que ha salido. El vehículo debía tener unos treinta años, a juzgar por la cantidad de grabados que decoraban el asiento que estaba frente a mí. Me he pasado gran parte del trayecto durmiendo, de manera que no he podido disfrutar del paisaje.

He llegado para la hora de comer, de manera que he cogido algo de comer de una máquina automática que había al lado de la parada. Después he empezado a preguntar a los que pasaban mi lado si podían guiarme a la dirección escrita en el trocito de papel que les tendía delante. Al ver que no me entendían en inglés he intentado hacerme comprender hablando más alto y gesticulando de manera agresiva. Esto ha parecido enervar a todos aquellos a los que preguntaba, de manera que he intentado buscar el cartel que indica la calle. Al cabo de unos cuarenta minutos de callejeo he encontrado el domicilio en cuestión.

He llamado a la puerta y me ha abierto una chica joven.

-Disculpe,-he dicho en inglés-¿está Stanislav Petrov en casa?

-Lo siento mucho, el señor Petrov falleció hace una semana. ¿Quería hablar con él de algo en especial?

-Sí, pero no creo que vaya a ser posible ahora, a no ser que hagamos una Ouija, cosa que me niego a probar.

-A lo mejor puedo ayudarle con algo. Hablaba mucho con él cuando estaba en vida.

-¿Qué puede contarme? ¿Algo de Perimeter?

-Sí, algo.

Hemos empezado a conversar acerca del sistema y su origen. Ha surgido en la conversación una de mis películas favoritas: Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú, donde Kubrik plantea una variante de la máquina del Apocalipsis. También la chica, a la cual no le he preguntado su nombre, me ha contado como Petrov nunca se creyó en la existencia de dicho sistema, ya que, si existiese la máquina habría respondido al glitch que él mismo explicó, evitando así una guerra nuclear. La mujer me ha explicado muchas cosas, pero con poca profundidad, de manera que no ha sido demasiado útil.

Cuando me he levantado para irme la puerta se ha abierto y Shadow ha entrado de la calle.

-Привет Тень.-ha dicho la chica.

-Привет-ha respondido.

Han comenzado a hablar entre sí en ruso durante un par de minutos al tiempo que me señalaban.

-Shadow-he interrumpido-¿qué haces tú aquí?

-Stanislav era un amigo mío, he venido a dar el pésame a sus familiares.

-¿Y has coincidido conmigo? ¿En serio?

-Sí, ¿es tan difícil de creer?

-Teniendo en cuenta lo que me cruzo contigo y con Frank últimamente, he dejado de creer en las casualidades.

-¿Frank? ¿El de la camisa hawaiana?

-Sí, ¿le conoces?

-No, pero me han hablado de él y de sus amigos.

-Vale. Sigo sin creerme que conozcas a Petrov. No creo que seas ruso.

-Lo soy, mi nombre real es Тень. Soy de Moscú y soy hijo de un antiguo compañero de trabajo de Stanislav Petrov.

-De acuerdo. ¿Tú sabes algo que ella no me haya contado? Si, por ejemplo Perimeter tiene algo qué ver con el Apagón.

-No, Perimeter es demasiado antiguo como para estar relacionado con Internet.

-Lo dudo. Si esa máquina existiese tendría que estar conectada a otros ordenadores desperdigados; ordenadores simples, con un par de sensores, quizás, pero, a fin de cuentas, ordenadores. Por no decir que he visto el aparato en sí y sé que está conectado mediante un cable de fibra a un sistema externo.

Shadow (o Тень) se ha acercado a mí y me ha sacado de la casa, disculpándose en ruso. Nada más salir me ha cogido de los hombros y se ha quitado las gafas. Era la primera vez que le veía los ojos al descubierto. Eran unos ojos normales, marrón clarito.

-¿Cuándo has visto Perimeter?

-Ayer, en M-2.

-De acuerdo. Te llevo a Moscú.

-No hace falta.-he replicado al tiempo que miraba mi billete-Tengo un billete para el autobús de las seis.

-Eso no era una pregunta, era una afirmación. Móntate en el coche.

Shadow ha señalado un coche de la marca Zil negro. Cuando se ha acercado a la puerta se ha abierto automáticamente. Los asientos estaban tapizados en napa negra. Más que sentarme me he dejado caer. La comodidad me ha absorbido casi inmediatamente.

-Así que-he resucitado la conversación-trabajas para la F.S.B., ¿no? O acaso es para un cuerpo tan secreto que no está relacionado con tu gobierno, ¿como Greenpeace y la C.I.A.?

-Sí, trabajo para la F.S.B., ¿cómo lo sabes?

He señalado el emblema grabado en su asiento.

-No se te escapa nada, ¿eh?

-Pocas cosas se me escapan, permíteme que te diga.

-Lo imagino. ¿Querrás que te deje en algún lugar en concreto de Moscú?

-Sí, delante de tu oficina.

-Muy bien.-ha dicho.

-Duérmete.-ha añadido un par de minutos después, en una voz francamente convincente.

He despertado, al igual que la mañana anterior, haciendo un rápido viaje al suelo moscovita. Shadow me ha sonreído y ha llevado su coche al interior de un edificio.

Me he levantado con la mayor dignidad posible, que; estando cubierto en la nieve sucia que cubría la plaza de Lubyanka, era francamente poca. He mirado de lado a lado al tiempo que me sacudía la nieve de encima. Un par de personas me miraban sorprendidas. La sorpresa se les ha pasado rápido al cruzar miradas conmigo. Me he dirigido al metro más cercano y ahí he recordado que aún no había comido. He comprado una bolsa de bazofia en una máquina del metro y me he metido en el metro que me llevaba al hotel (sé qué parada es porque esta mañana me tatué con boli BIC el nombre de la estación en el brazo). He tenido que evitar a un par de seguratas que chillaban algo de que me había colado.

Al llegar al hotel me he dado cuenta de que, a pesar de que no he sacado nada concreto en claro, sí he averiguado que Perimeter tiene algo que ver con Internet.

Laura parecía bastante contenta cuando la he saludado. He averiguado que un día sin mí, para ella, ha resultado tener el mismo efecto rejuvenecedor que cinco días en un spa. También me ha explicado que, haciendo preguntas a unos ingenieros de vacaciones, ha descubierto que Internet no ha desaparecido, sino que en realidad todos los ordenadores han sido infectados (en realidad fueron infectados hace mucho tiempo, como cinco años o así) con un virus que, al ser activado, impide la conexión a Internet de ninguna manera.

-Es decir, si Avast fuese un antivirus mejor:¿Aún tendría Internet?-he preguntado.

-Por lo que me han dicho el antivirus da igual. El virus era un conjunto de paquetes de datos perfectamente normales hasta que, dada la orden, se unían para formar un virus de desconexión. Dada otra orden el virus se descompone, por eso tú y yo podemos usar el Internet del móvil, la orden se dio, pero sólo a nuestros teléfonos.

-¿Y los satélites?¿Siguen funcionando?

-Sí, pero están también desconectados. Y la mayoría de los teléfonos funcionan para llamar porque transmiten en frecuencias distintas, o eso me han dicho ellos.

-Interesante. ¿Cuál es el precio a pagar por esta información?

-¿Qué quieres decir?

-Habrán pedido algo a cambio de que no divulgues esta información, ¿qué es lo que te han pedido?

-Nada, eso les da igual, van a publicar un artículo de esto mañana. Simplemente les he oído hablar del Apagón y les he preguntado que qué sabían.

-¿Y no te han pedido nada a cambio?-Laura estaba claramente molesta por mi incredulidad.

-Sí, las almas de doscientos guerreros japoneses de la era Meiji, ¿contento?

-Mucho. ¿Ves cómo no era tan difícil explicarme lo que debíamos pagar?

Una vez zanjada la conversación de Internet Laura me ha preguntado qué tal había ido mí día. Se lo he contado. Esta vez la incrédula era ella.

-¿Te has cruzado con Shadow?¿Otra vez?

-Sí,-he confesado-trabaja para la F.S.B. y parecía molesto porque hayamos visto Perimeter. Lo suficiente como para tirarme de su coche nada más llegar a su oficina.

-Te diré, Rashionalism, que tirarte de un coche; en movimiento, incluso, es una respuesta natural a estar contigo más de diez minutos.

-Sí, pero se me termina queriendo ¿verdad?

Laura se ha llevado la mano a la cara al tiempo que respondía a mi pregunta.

-Claro que se te quiere, eres extremadamente adorable.-su sarcasmo se ha perdido entre sus palabras de amor.

Después hemos estado charlando un rato hasta la hora de cenar. Al terminar de cenar hemos dado un paseo bajo la noche moscovita, donde hemos discutido a dónde ir mañana. Tras unos minutos de tira y afloja he convencido a mi compañera que, antes de ir a España debiéramos ir a visitar el Principado de Sealand, hogar de uno de los primeros paraísos informacionales. Ahora mismo estoy a punto de acostarme.

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