Bitácora del Internetófilo. Día 21, Parte I:

No sé a qué hora hemos llegado, pero era de noche. Es algo muy molesto, porque no sé si hemos llegado muy tarde o muy temprano y, a todo al que preguntábamos, nos vomitaba encima, lo que tampoco servía para aclarar nada (salvo la clase de bebidas alcohólicas que se consumen aquí). Debido a la fecha a la que estamos es implanteable dormir en la calle si no queremos perder los dedos y morir de hipotermia.

Nos hemos dirigido al hotel más cercano a la parada. No había nadie en la recepción, de manera que hemos amanecido haciendo un rápido trayecto al suelo moscovita. Una vez aclarado todo con los que llevaban el hotel (una pareja de ancianitos y sus hijos, que son los que se han encargado del viaje mencionado) nos han enseñado la última habitación que les quedaba (ellos lo llamaban habitación, yo lo llamaría armario de las escobas. Haberme encontrado un cogedor debajo de mi cama no ha hecho más que hacerme sospechar más. La escoba en la esquina ha confirmado mis sospechas.)

Una vez negociado el precio con una calculadora hemos dejado las maletas en el armario de las escobas y nos hemos puesto en marcha, pero no sin antes desayunar.

Entre mis ideas al visitar Moscú, aparte de encontrar alguna pista acerca de Internet, una de ellas era colarme en Metro-2, la red “secreta” del metro moscovita. Lo que jamás se me podría haber ocurrido es que en mi primer día en la capital (técnicamente es el segundo, pero da igual) iba a dar con una entrada. Laura y yo no sabemos cómo lo hemos conseguido realmente.

Al llegar a la estación más cercana al Kremlin (uno de los lugares por los que M-2 pasa) hemos empezado a pasear por ella, sin coger ninguno de los trenes que pasaban porque, entre otras cosas, no termino de dominar su alfabeto (todas esas R’s y N’s al revés) Lo que ha pasado, entre trenes sin coger, es que hemos empezado a deambular por los pasillos de la parada hasta conocerlos de memoria, pero, en una de las idas y venidas, una puerta de las que tienen toda la pinta de que jamás se abren (planchas de acero grueso y signos de peligro mortal y esa clase de cosas), estaba abierta. Como persona normal (mis amigos podrían discutir durante amplias horas ésta expresión) que soy he entrado inmediatamente.

-¡Rashionalism!-ha susurrado Laura, con miedo a que la oyese alguien, o, peor, que alguien me viese-¿Qué haces?

-Pertenezco a un orgulloso linaje de periodistas. Mi deber es investigar.

-¿Linaje?

-Mi bisabuelo, mi abuelo y mi padre. Todos han sido periodistas. Debo hacerles honor. Debo investigar.

-Pero lo haces a tu pesar, ¿no es así?

-Sí, claro. Si te hace feliz pensarlo, entonces sí.

-No tengo ninguna probabilidad de evitar que entres, ¿verdad?

-Sí, la tienes: Es nula.

-Entonces no la tengo.

-Sí que la tienes. Es cero. Eso sigue siendo una probabilidad. Si me hubieses preguntado si tenías alguna posibilidad entonces te habría dicho que no la tenías ¿Vienes?

-¿Qué remedio me queda?

-Deambular por la estación, volver andando al hotel, hacer turismo…-he respondido, enumerando con los dedos.

-Muchas gracias-la sonrisa que me ha lanzado era parecida a la risa de una hiena; sin humor pero con agresividad.

Tras esta corta conversación hemos atravesado el umbral de la puerta. Ésta, haciendo caso a los estereotipos narrativos necesarios en cualquier obra literaria, se ha cerrado inmediatamente. Laura y yo hemos evitado mirar hacia atrás. Estábamos demasiado sobrecogidos por la sala. Paredes de hormigón, posiblemente armado (Laura no me ha dejado averiguarlo. Decía que las explosiones llamarían la atención o algo parecido), luces de neón bañaban la habitación con su, al igual que el resto de cosas en esta zona, fría luz, unas cuantas puertas a los lados indicaban la existencia de más salas (o a los ingenieros rusos les gusta montar puertas con paredes de ladrillos detrás, cosa que no me extrañaría en absoluto)

Tras uno o dos minutos andando en silencio hemos llegado a una escalera. Una escalera larga, de las que no ves el final. Hemos empezado a bajarla. Al cabo de un rato hemos tenido que sentarnos para descansar.

-Oye.-ha empezado Laura-¿Cómo vamos a volver a subir?

-Buscando una estación que esté más cerca de la superficie. Metro-2 está a una profundidad de entre 50 metros y doscientos.

-¿Cómo vamos a saber si estamos más cerca de la superficie o no?

-Imagino que alguien nos lo dirá.-he respondido mientras miraba el móvil.

-¿Alguien? ¿Quieres decir que aquí habrá más gente?

-Claro. Mira el suelo. Si hubiese pasado más de veinte años sin ser cuidado estaría pulverizado. Míralo. Está impecable.

-Es cierto.

-Por no decir que es posible que el gobierno ruso siga utilizándolo.-he añadido.

-¿Qué?

-¿Seguimos?-he dicho, cambiando sutilmente de tema. Me he levantado inmediatamente y he seguido andando.

-¿Cómo que “¿Seguimos?”? Rashionalism, si nos pillan nos descuartizan.

-Pero no nos van a pillar, ¿sabes por qué?

-¿Por qué? Ilumíname, maestro.

He señalado a una de las múltiples cámaras que nos estaban enfocando.

-Habremos pasado unas cien o así desde que hemos entrado. ¿Crees que si nos quisiesen detener por esto no lo habrían hecho ya? Llevan unos diez minutos o así viéndonos y ningún soldado es tan inepto como para dormirse mientras vigila algo como este metro.

-¿Por qué no hacen nada?

-Porque nadie nos va a creer aunque lo contemos. Sin embargo, si ahora sacase una foto imagino que sería diferente. O, a lo mejor quieren que estemos aquí.-he conseguido pronunciar el “quieren” en cursiva.

-¿Por qué alguien nos querría aquí dentro?-Laura ha inspirado con fuerza al darse cuenta de algo-A lo mejor ellos saben que estamos buscando Internet y nos quieren ayudar ¡A lo mejor la respuesta está aquí!

-No creo. Quizás lo que quieren es alejarnos de la búsqueda.-de nuevo lo he conseguido.

-Claro.-ha dicho Laura, algo decaída-Si la clave estuviese aquí ellos ya lo habrían recuperado o lo seguirían ocultando y, en ése caso, no estaríamos aquí dentro. ¿Volvemos?

-¡Pero qué dices! Una cosa es que la respuesta no se encuentre aquí, pero a lo mejor podemos descubrir algo útil.

-Quieres seguir explorando, ¿no?

-Sí.-he replicado-¿Seguimos?

-Vale.

Hemos terminado de bajar las escaleras y llegado a una estación ciclópea. Un par de vagones pulverizados estaban esperando en las vías, con las puertas abiertas. En el primero de todos estaba sentado Frank. Su presencia ha dejado de sorprenderme ya. Tengo asumido que es un fantasma dispuesto a seguirme hasta el fin de mis días (o hasta que aprenda a exorcizar).

Hemos entrado en el vagón.

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