Bitácora del Internetófilo. Día 19

Hoy no he dormido demasiado, más bien al contrario. Después de cenar me fui a la habitación donde me quedé leyendo “Rx” en el baño (Laura quería dormir, de modo que me echó a patadas de la habitación) Al cabo de un par de horas me tumbé en la cama, pensando que podría dormir.

Craso error. No sólo no he podido dormirme, sino que, diez minutos después de tumbarme, a eso de las tres de la mañana han llamado a la puerta. Al levantarme me he dado con una de las patas de la mesa. He contenido un berrido por deferencia a mi compañera de habitación y me he acercado a la puerta a la pata coja.

Frank me estaba esperando apoyado en la pared del pasillo, jugueteando con una navaja de mariposa.

-Qué casualidad.-he dicho-Mi amigo keti0n tiene una idéntica.

La navaja se ha clavado en el marco de la puerta, a unos diez centímetros de mi cabeza.

-Y tiene mejor puntería.

-Muy gracioso. ¿Te acuerdas de la última vez que nos vimos?

-Sí. Intentaste colarte en uno de los escondites del eCult. Tu coche no lo contó. Si no me equivoco a estas alturas ya es chatarra.

-Lo imagino.

En ese momento me he dado cuenta de que Frank tenía que estar bastante muerto.

-¿Cómo es que no sacamos vuestros cadáveres del coche?

-Porque nunca llegamos a entrar.

-Recuerdo haberte visto entrar en el coche.

-Eso,-ha dicho, frotándose el tabique nasal-es otra cosa. No te voy a decir cómo es que no morí.

-Vale, mis teorías son mucho más interesantes que nada que puedas contarme. Involucran antiguos aparatos mayas y alienígenas.

-Me alegro por ti, pero no he venido para hablar de ello. Lo he utilizado simplemente para romper el hielo.

-Podrías haberme preguntado cuánto pesaba un oso polar.

-No lo entiendo-ha respondido.

-Un oso polar pesa lo justo para romper el hielo.

He recobrado la consciencia en mi habitación. Frank estaba sentado en el sillón (o eso parecía, en la penumbra no se veía un carajo).

-¿Podemos salir al pasillo para hablar?-he susurrado-No me gustaría despertar a Laura.

-Has perdido esa oportunidad haciendo el chiste. Ahora, si se despierta será tu culpa.

-No lo digo porque me vaya a echar la culpa. Me echa la culpa con bastante frecuencia, alegando que “Algo habré hecho”, estoy acostumbrado. Lo digo porque si se despierta se enfadará y empezará a lanzar cosas en nuestra dirección, y tiene una puntería francamente asombrosa.

Es en ese momento que Laura ha decidido que debía ir al servicio. No le ha agradado la presencia de Frank en la habitación, sentado a su lado. La lámpara que estaba en la mesilla de noche al lado de Laura ha pasado de estar apoyada en la madera a estar ocupando el espacio de la cara del hombre sin haber pasado, aparentemente, en ningún momento por el espacio entre ambos, mucho menos en las manos de mi amiga.

-Genial-he dicho-¿Ahora qué hacemos con él?

Laura ha encendido la luz, cegándome temporalmente.

-¿Qué hacía aquí?

-No lo sé, han llamado a la puerta hace unos diez minutos. Ha resultado ser él. Me ha dejado inconsciente hace unos cinco minutos. Me he despertado hace unos segundos. Ahora responde a mi pregunta: ¿Qué hacemos con él?

-Tirarlo en la calle.-ha respondido, tajantemente.

-Esto-he replicado-no es Venezuela. La gente se acordará de la pareja que soltó un cuerpo en la calle. Por no decir que no creo que le podamos mover.

-Avisamos a un botones, si hace falta.

-Muy graciosa ¿qué hacemos con él? En serio esta vez.

-Podríamos irnos a la estación y esperar a que salga el tren.

-No, faltan unas diez horas hasta que salga nuestro tren, podría encontrarnos, por no decir que lo lograría. Piensa que nos ha encontrado aquí.

-Entonces podemos atarle aquí, pagar e irnos a la estación. El servicio de habitaciones no pasará hasta las doce de la mañana o así, creo que eso nos daría suficiente ventaja.

-¿Y si chilla?

Laura ha empezado a rebuscar en su maleta. Tras unos segundos ha sacado un rollo de esparadrapo.

-Perfesto-he dicho-¿Le metemos en el baño?

Tras unos minutos tirando de Frank le hemos sentado en el retrete y le hemos atado con las cortinas de la ducha lo mejor posible. Después de ello le hemos tapado la boca con el esparadrapo que Laura había producido momentos atrás. He aprovechado para revisar la cartera que llevaba encima. Aparte de llevar suficiente dinero como para sobornar a un pequeño gobierno no había nada más en su interior, salvo un USB. La ausencia de mi ordenador ha hecho imposible investigar los datos que estaban en su interior, pero, posiblemente, habrían estado encriptados.

He intentado dormir durante un rato, mientras Laura se preparaba tras un biombo improvisado, pero la presencia de un hombre armado y una gran cantidad de dinero en el servicio me lo ha impedido. He solucionado quitándole el .44 a Frank (con los guantes puestos, no es cuestión de que mis huellas aparezcan en otra arma más) y retirando algún peso a su cartera.

Cuando Laura ha terminado de vestirse hemos pagado en la recepción y hemos salido a la calle. Tras unos minutos de discusión he convencido a Laura de que debíamos avisar a la policía acerca de la presencia de Frank en nuestra vieja habitación desde una cabina telefónica.

Tras la llamada nos hemos dirigido a la estación andando. Hemos llegado casi a las seis y media de la mañana. Mientras yo descansaba Laura ha echado un vistazo a los horarios, a ver si algún tren salía en sentido a Moscú antes de la una de la tarde. Hemos tenido suerte y había uno que salía a las diez. Hemos conseguido entrar en el tren sin problemas. Si el revisor nos pidiese los billetes empezaremos a hablar en español entre Laura y yo muy rápido, haciéndole creer que discutimos, pero, hasta entonces voy a dormir.

Me he despertado a las tres de la tarde. Laura estaba dormida a mi lado. Como no había nadie en el vagón (a excepción de una ancianita muy maja) he aprovechado para estrenar mi bajo. El día no ha sido mucho más productivo.

Laura se ha despertado a las cuatro y media o así. Me ha mirado a la cara e, inmediatamente, se ha vuelto a dormir. A las cinco he ido a por algo de comer al vagón restaurante. Tras ver los precios he visto que sería preferible morirse de hambre en el vagón, de manera que he vuelto a mi asiento y he seguido trasteando con el bajo. A eso de las diez me he planteado ponerme a dormir. Ahora, a las once, me estoy acostando.

-¿Tan idiota crees que soy?-he preguntado-No, mejor no respondas a eso. No quiero saberlo. Pero no te sigo. Hablaremos aquí, donde hay cámaras y testigos.

-De acuerdo, pero en tu habitación.

-¿Por qué? ¿Acaso te busca la policía?

-No, me buscan mis enemigos. Pero éso no es de tu incumbencia.

Me ha cogido por el hombro casualmente, como un viejo amigo o, peor, como un viejo enemigo muy educado. Una vez en la habitación ha visto a Laura durmiendo

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