Rotting Corpse III

Mi cuerpo llegó, no a mi sorpresa, muerto al hospital. Vi cómo los médicos intentaban sacarme del sueño eterno, cómo mi cuerpo convulsionaba al sufrir las descargas de los desfibriladores. Las enfermeras corrían a mi alrededor, siguiendo las órdenes de los médicos.

Al cabo de poco tiempo los doctores se dieron por vencidos, derrotados por la realidad impuesta. Seguí mi cadáver por los pasillos del hospital hasta una sala refrigerada (Asumí en ese momento, porque, gracias a mi ausencia de cuerpo, no sentía absolutamente nada) Me dejaron sobre una mesa de acero y me desnudaron, quitándome vendas y restos de sangre. Estaba en una habitación con otro par de fiambres que, por el color de sus caras, llevaban un par de días muertos. En cuanto abandonaron la sala intenté introducirme en mí.

No recordaba que, antes del tiroteo, estuviese tan frío, luego recordé que estaba desnudo. Toquetée mis heridas. Estaban secas. Me acerqué al perchero y me tiré una bata por encima (que, por Dios sabe qué razón, estaba convenientemente cerca de mi situación) Inspeccioné mis proximidades, en busca de algún tipo de calzado, pero no tuve suerte. Me rendí al cabo de unos minutos, acabados los cuales salí de la sala (que ya había comprobado que no sólo estaba refrigerada, sino MUY  bien refrigerada).

El pasillo era como el de cualquier hospital, de colores suaves y relajantes. Me pregunté cómo afectaría la imagen de un zombie embutido en una bata a la calma que los tonos intentaban transmitir. Supuse que de manera negativa. Mis pies descalzos no hacían prácticamente ruido al pisar sobre el suelo de mármol. Me sentía como un ninja. Lo que era (y es) mejor, como un ninja zombie.

Conseguí llegar a la calle sin cruzarme con nadie (al menos nadie que me prestase demasiada atención). Nada más cruzar la calzada para meterme en el metro me di cuenta de que no tenía nada con lo que pagar el trayecto. Decidí que nadie podría hacer demasiado si me pillaban sin pase. Salté el torniquete grácilmente. La caída me hizo daño en la nariz, pero no mucho más. Recorrí gran parte de la estación corriendo. Al llegar a la línea circular me di cuenta de que no estaba cansado. Entré en el vagón preguntándome por qué sería, pero no le di muchas más vueltas de las necesarias. La gente en el vagón me evitaba, como si supiese qué era con exactitud. Al cabo de unos  minutos me di cuenta de que me evitaban porque parecía un mendigo. Aproveché la situación para sacar algo de dinero. No conseguí demasiado, pero si el suficiente como para pagarme un refresco al salir del tren.

La bebida bajó quemándome la garganta, a pesar de lo fría que estaba. Al toserla me di cuente de que mis pulmones no estaban tan sólidamente unidos al resto de mi cuerpo como creía. Mis entrañas sacudieron el suelo, dando un efecto algo gore al suelo de la estación. Miré a mi alrededor. No había ninguna cámara visible, de modo que era casi seguro que me encontraba en un punto muerto. Tampoco había personas cerca, cosa que se agradece cuando vomitas parte de tu interior.

Salí de la estación saltando el torniquete. Un guardia de seguridad salió, aparentemente, de la pared e intentó detenerme. Lo maravilloso de estar manejando un cuerpo muerto es que no tienes que preocuparte por el estado de los músculos. (Ni mucho menos de respirar) Esprinté lo más rápido que pude. El segurata, algo por encima del peso recomendado para su estatura, no pudo seguir mi ritmo. Un par de manzanas después juzgué que podía dejar de correr sin riesgo.

Entré en mi edificio unos minutos después. Busqué mis llaves debajo del felpudo (que es donde acostumbraba a dejarlas)

Afortunadamente no había nadie en mi casa, de modo que me metí inmediatamente en la ducha y me lavé las heridas. Me limé la sangre solidificada sobre el pecho para que no hiciese bultos en la ropa. Al salir cogí las primeras prendas que vi y me las eché por encima. Viendo que un camisón no era, quizás, el tipo de ropa más adecuada para alguien como yo (metro ochenta, barba de vikingo…) decidí ponerme unos vaqueros y una camisa de leñador. Contento con mi apariencia salí de nuevo a la calle.

No atraje tantas miradas como cuando iba en bata por el metro, pero la gente seguía quedándose un poco mosqueada al fijarse en mi cara. Saqué el teléfono que me había dado la recepcionista antes de abandonar el edificio. Empecé a trastear con él. Encontré un documento de texto acerca de mi situación en concreto, con mi nombre incluido.

Tras leerlo descubrí que no había manera de que nadie creyese que estaba vivo durante más de una semana, lo que limitaba mi vida post-mortem a, bueno, eso, una semana. Decidí que no iba a gastarla sin más, de manera que escribí una nota de despedida para mi familia y cogí un par de cosas fundamentales (la armónica, para exasperar a todo el mundo, un cuaderno y un bolígrafo para escribir mis memorias, no que mi vida haya sido interesante, pero me hace sentir mejor saber que estoy dejando algo)

Una vez atados todos los cabos sueltos me puse en marcha. Mi intención era despedirme de mi novia y después dar la vuelta al mundo.

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