Grand City IV

Los hombres estaban sentados alrededor de una mesita de café, hablando de asuntos de política y economía como si se tratase del tiempo, algo que no les afectaba siempre y cuando estuviesen cobijados bajo un techo amigo. Cuando todos estaban cómodos en sus respectivos sillones entró una de las muchísimas camareras que se encargaban de mantener la mansión en orden.

Se acercó a uno de los hombres más orondos y bajos y le susurró al oído.

-Su excelencia-dijo la camarera-el zar quiere hablar con usted.

-Disculpen-se excusó levantándose-pero el deber me llama, por teléfono, aparentemente.

Salió del salón, seguido de cerca por la joven, que se encargó de cerrar la puerta tras de sí. El hombre avanzó por el pasillo lo más rápido que sus cortas piernas le permitían. Finalmente llegó a la habitación que tenían destinada al teléfono, una de las maravillas que había traído consigo la revolución. Cogió el aparato de la manera que le parecía más apropiada para una conversación de tal importancia.

El resto de los hombres que Archibald había dejado atrás siguieron hablando, tranquilamente. Poco después de que el Gran Duque abandonase la habitación las puertas parecieron reventar. En el centro de ambas se recortaba la forma de un enorme hombre. Todos se giraron para ver a ese maleducado personaje. De su boca colgaba un cigarro puro importado de dimensiones caricaturescas. A pesar de lo que pensaban del hombretón todos hicieron amago de incorporarse.

-Por favor,-tronó la voz del recién llegado-siéntense. ¿Saben dónde está el Gran Duque?

-Sí,-respondió uno de los caballeros, el de mayor edad de los presentes, de hecho-dio a entender que iba a atender una llamada.

-Vaya-murmuró de manera perfectamente audible.

Notó como todos los hombres presentes le miraban.

-Disculpen mis modales, por favor. Siento no haberme presentado, soy Karl Klein. No hace falta que ustedes se presenten, Archibald me habló de ustedes en más de una ocasión. Por favor, sigan hablando, hagan como si yo no estuviese aquí.

Los caballeros siguieron us consejo y retomaron sus conversaciones, volviendo a los temas que habían estado tratando antes de que les interrumpiese Karl. Sin embargo ese estado no duró demasiado, a los pocos minutos un chillido rompió la relativa calma del edificio. El recién llegado se levantó rápidamente y salió rápidamente al pasillo, cubriendo el espacio entre el salón y la sala del teléfono en poco menos de diez segundos. El resto de los hombres tardaron unos veinte, puesto que sus tripas les ralentizaban demasiado.

Sobre el suelo de la cámara reposaban dos cuerpos. El de una camarera (posiblemente la que había chillado) y el del Gran Duque. Éste tenía un cuchillo acomodado entre dos costillas un poco por debajo del corazón.

-¡Vayan a por unas sales y un médico!-tronó Karl, haciendo temblar los cristales de la sala-¡Presto!

Uno de los caballeros más jóvenes salió lo más rápido que pudo. Karl, sin embargo sacó un pañuelo del bolsillo interior de su chaqueta.

-Denme sus pañuelos, por favor.

Nada más recibirlos sacó el arma del torso de su amigo, colocando la masa deforme de tela que había hecho con los pañuelos sobre la herida. Cuando las manos del joven ya estaban cubiertas en sangre llegó el médico.

-Por favor-dijo-aléjese del Gran Duque. Ha hecho suficiente. No ha detenido la hemorragia, pero lo ha intentado.

Karl se incorporó y se miró las manos.

-Si me disculpan caballeros, voy a lavarme las manos-dicho esto abandonó la sala.

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Sus zapatos no hacían ruido. Su ropa tampoco. Sus disfraces eran perfectos. Sus armas eran desechables. Su especialidad era la guerra no convencional.

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Karl llegó al baño sin cruzarse con nadie salvo un par de camareros que iban hacia la sala del teléfono.

El baño de su amigo era desagradable a la vista. Lleno de oro y mármol, por no hablar de que cada vez que alguien utilizaba el retrete erosionaba el equivalente en oro a un bote pequeño de caviar.

Al salir del servicio los amigos del Gran Duque le estaban esperando con un miembro de la policía militar.

-Entiendo que me quieran arrestar, se me puede considerar sospechoso-dijo, tendiendo las manos para que le esposasen-pero ¿cómo ha llegado tan rápido este caballero?

-Hablaremos-respondió el policía en cuestión-de ello de camino a la comisaría, ¿de acuerdo?

Karl salió de la mansión precediendo al policía, que, de hecho, era un capitán.

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