Cesura

En el gran palacio reinaba un silencio doble.

El primero, lo podías encontrar flotando en el aire, posándose en los cuadros de las habitaciones e impregnándolos con una pátina mortecina.

Rebotaba en las paredes, tan blancas que herían la vista al reflejar la luz.

Acompañaban a los criados que recorrían la casa, realizando sus labores con mecánica eficacia.

Se posaba en el marmóreo suelo, formando una resbaladiza capa pálida y fría.

Si hubiera habido niños, el sonido de sus risas había partido el silencio dejándolo inservible como a un jarrón roto.

Si hubiera habido música, el ritmo de las notas habría barrido al silencio como el viento a las hojas en otoño.

Si hubiera habido animales, el jolgorio de sus juegos y sus voces habrían echado al silencio de forma inmediata.

Si los criados hablasen entre si … pero no, claro, no lo hacían, de hecho no había ninguna de estas cosas, y por eso persistía el silencio.

Y, si pasabas un tiempo escuchando, quizás empezaras a percibir el segundo silencio. Este era un silencio más pesado, que se arrastraba por las sábanas de la cama en la que reposaba el señor del palacio, se entrelazaba en su cabello y llenaba sus manos.

Este silencio circulaba por la habitación, hasta que, cansado, salía por los grandes ventanales, y era reemplazado por un silencio más joven, más fuerte.

Este silencio cubría al anterior en un suave abrazo siendo los dos uno solo, y a la vez dos completamente distintos.

En su inmensa cama, el hombre abrió los ojos, y se movió. Como respondiendo a una señal, entraron en la habitación una serie de criados, impecables con sus blancos uniformes, y empezaron a ocuparse de la habitación, por lo que este silencio pareció batirse en retirada. Aunque, seguía allí.

Brillaba en los ojos del hombre, que observaba estoicamente la habitación a su alrededor, ignorando la actividad iniciada en ella, como comprobando que todo seguía en su lugar. Los armarios de madera, una pequeña mesilla, la lampara…

El silencio se arremolinó en torno al hombre, como una persona al refugiarse de una tormenta, el hombre podía haberlo roto con una palabra o un gesto, pero no lo hizo.

Se incorporó en la cama,disfrutando del poder que tenía sobre ese silencio, él lo controlaba, y así debía ser, pues era suyo, el silencio de los que saben muchas cosas.

Suyo era el silencio doble que envolvía al gran palacio pero no solo eso, el palacio, la ciudad ¡el mundo entero!

Bueno, los dos.

Este pensamiento provocó una sonrisa en el semblante del hombre. Era joven, pero esa apariencia contrastaba con su pelo entrecano.

El hombre salió de la cama, se puso la bata que le ofrecía uno de sus criados, y salió de la habitación.

Atravesó los largos corredores y las estancias hasta llegar a las dependencias, un pequeño laberinto de pasillos con hileras puertas, una habitación tras otra,todas iguales,una cama, una mesilla, un pequeño armario y una ventana amplia, los criados no necesitaban más para desempeñar su papel.

El hombre se detuvo al final de un pasillo, frente a una de las puertas. Esta no era diferente de las demás, filigranas doradas, un pomo grabado…

Sin embargo tenía algo que la hacía destacar, quizás era el movimiento y el sonido que se adivinaban en su interior, en vivo contraste con la quietud y el silencio del palacio, como si hubieran sido capturados y encerrados y ahora pugnaran por salir.

Puede que fuera la sombra que parecía emanar de sus blancos bordes, iluminando varios metros a su alrededor.

O quizás el hecho de que era la única puerta en todas las dependencias con una cerradura, que estaba; pequeña y bien disimulada, bajo el pomo.

El hombre rebuscó en los bolsillos de su bata, y sacó dos llaves plateadas, de varios dientes cada una.

Introdujo una de las llaves en la cerradura, y después desplazó un panel, oculto en la pared, que reveló otra cerradura, en ella introdujo la segunda llave , mas fina, haciéndolas girar las dos a la vez, produciendo un pequeño chasquido que retumbó en el vacío pasillo.

Tras eso el hombre abrió la puerta y entró en una habitación interior, oscura. Las paredes podían haber sido blancas, pero también verdes o rojas ya que entre la oscuridad y los cables que recorrían las paredes apenas se distinguían.

La única luz provenía de una pantalla que cubría una de las paredes de la habitación. Frente a ella había una única silla, estos dos elementos conformaban el mobiliario del cuarto, que el hombre observó con una mezcla de cansancio y satisfacción. Aquel era su gran tesoro, uno de tantos, es cierto, pero este era para él sin duda el más importante . Llevaba años en su familia, y le había proporcionado grandes logros.

El hombre se sentó en la silla y desplegó un mando. Tras apretar un botón del mismo, la pantalla se encendió iluminando la habitación y desterrando a las sombras en los recovecos que ellas no podían alcanzar.

Poco después la pantalla se oscureció de nuevo para mostrar una esfera azul interrumpida por manchas verdes y amarillas que cubrían su superficie, sobre un fondo negro.

Girando la esfera con su mando, el hombre desplazó la vista por las masas azules, verdes y amarillas. Océanos bosques y desiertos aparecieron a su vista por igual, hasta llegar a los bosques de edificios, las junglas de cristal, nubes de humo, gente andando ajetreada de un lado para otro en medio de un afluente interminable de coches moviéndose a velocidades de vértigo, ocupados en su día a día. El ruido de las calles inundó la habitación, obligando al hombre a cerrar los ojos y a respirar hodo antes de enfrentarse de nuevo a esas imágenes.

¡Como le desagradaba aquel ruidoso, defectuoso y patético mundo! Y sin embargo¡Cuánto le divertían su absurdos habitantes! 


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2 comentarios en “Cesura

  1. esta bien pero hay dos cosas que no me gustan del estilo, la primera frase esta copiada de El nombre del viento, y se nota mucho aunque en ese libro era un silencio triple. y luego tanto cultismo hace el texto un poco espeso

    1. Tienes razón con eso de la copia, desde luego, aunque yo lo llamaría más bien un homenaje o una referencia, aunque ahora desde luego me parece quizá demasiado obvio.
      En cuanto al estilo, esa es más bien la sensación que quería dar, ya que pretendía transmitir con las palabras un poco la atmósfera del sitio.

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