Rotting corpse II

Al salir (porque supongo que tuve que salir del ascensor) nada fue como me habían asegurado todas las películas de gente que vuelve del más allá. No abrí mis ojos de golpe y me encontré tumbado en una camilla con un médico asustado en una esquina. Estaba en un piso exactamente igual que el anterior (salvo por la ausencia de una recepcionista sarcástica). Delante de mí había un cartel que decía:

“De modo que quiere volver a su planeta la Tierra. Los pasos a seguir son realmente sencillos. Piense en una ubicación espacio-temporal y concéntrese en ella. Si ésta es lo suficientemente concreta llegará sin problemas. Podrá sufrir de mareos o problemas temporales (consulte la guía en el aparato que se le ha entregado). Cuando esté completamente concentrado en la ubicación será inmediatamente transportado a ella. Recuerde, por favor, que las leyes de la física tradicional conocida por su especie, la humana, no se aplicarán mientras esté fuera de un cuerpo.”

Obviamente, asumí rápidamente, los espacios subrayados eran espacios que se rellenaban en los ojos del lector, siendo el resto un mensaje escrito de la misma manera para cualquier persona que quisiese leerlo. Una vez asimilado el contenido del mensaje cogí el teléfono que me había dado la joven y busqué la guía que mencionaba el texto.

Ésta no me aclaró absolutamente nada, así que decidí aprender sobre la marcha. Resolví aparecerme en el lugar en que me habían acribillado en el mismo momento en el que moría. Tras lo que me pareció una eternidad concentrándome en ello desaparecí del edificio y, cuando quise darme cuenta de ello, estaba en mi facultad.

Las balas seguían silbando alrededor de mi cuerpo, impactando sobre pobres diablos que no habían hecho más que estar en el lugar equivocado en el peor momento posible.

Cuando intenté moverme todo se quedó congelado. Todas las balas estaban inmóviles, clavadas en el aire. Éste parecía más denso en algunas zonas que en otras, como si el aire estuviese ligeramente más compacto en determinados lugares.

Al cabo de unos segundos, o, al menos eso creo, decidí usar el teléfono que la chica me había dado. Le eché un vistazo mi lista de contactos. Aparte de uno llamado Atención-Cliente, los únicos que estaban era uno que estaba archivado como Recepción y otro como OO sin más.

Primero llamé a la recepción. Tras unos segundos esperando a que marcase el número oí el pitido que me avisaba de que estaba comunicando. Tras un par de intentos seleccioné el teléfono de atención al cliente. En esta ocasión nadie cogió el teléfono. Finalmente llamé al tercer número. Aquí me respondió un robot. Me ofreció varias opciones, entre ellas las que más me llamaron la atención fueron: “Si necesita cumplir una venganza, marque uno para atormentar a su objetivo durante el resto de la eternidad” y “si tiene problemas con el paso del tiempo marque dos”

La segunda me llamó la atención por la sencilla razón de que era, exactamente, lo que necesitaba. La primera por la posición que ocupaba. Se podría pensar (y sin andar lejos de la realidad) que a la gente le importa más cumplir venganzas que hacer uso del tiempo. Fui pulsando las teclas que el robot me iba recomendando. Al cabo de unos minutos de teclear como un poseso en un lugar fuera del tiempo (de manera que no puedo estar seguro al afirmar que fueron unos minutos) conseguí hablar con una persona o, por lo menos, con un ente con conciencia de sí mismo.

-Buenos días.-respondió una voz al otro lado del aparato-Está usted hablando con el OO. ¿En qué podemos ayudarle?

-Verá, este… No sé cómo decirlo exactamente, pero…-empecé a explicar.

-Sí, ya sé que le pasa.-me cortó el hombre, supongo que era un hombre, con el que estaba hablando-El tiempo está congelado a su alrededor, ¿No es así?

-Sí-respondí-¿Cómo lo saben?

-Un noventa por ciento de las llamadas que recibimos tratan de ése tema. En cinco segundos aparecerá delante de usted un  pequeño manual de papel. Por favor, cójalo en cuanto lo vea y léalo. Una vez haya terminado debiera poder manejarse. Si sigue teniendo problemas puede venir directamente a cualquiera de nuestras franquicias o a nuestra sede central para recibir ayuda de cualquier tipo.

Como mi interlocutor había prometido poco después apareció delante de mí un pequeño bloc de notas. Lo cogí antes de que cayese al suelo. Tras leerlo seguía exactamente igual de perdido que antes. Volví a llamarles. Esta vez no descolgaron, de modo que releí la guía.

Tras leerla doce veces conseguí entender qué era exactamente lo que había que hacer para moverse por el tiempo. El método era realmente sencillo, una vez que entendías cómo funciona el movimiento por el tiempo, cosa que ningún humano atrapado en su cuerpo podría entender jamás, puesto que nuestros cuerpos están “programados” para desplazarse en el tiempo automáticamente.

Al cabo de un par de intentos conseguí moverme al tiempo que me desplazaba en la cuarta dimensión a un ritmo comprensible para mi  mente.

Las balas volvieron a moverse, destrozando la máquina de vapor que estaba delante de mi cuerpo. Afortunadamente, aparte de a mí las balas no impactaron sobre nadie más, al menos no de manera inmediatamente mortal. Intenté localizar al tirador, puesto que antes no se me había ocurrido buscarle. No me resultó muy complicado encontrarle.

Era un chico de unos veintipocos años. Obviamente no estaba en su sano juicio. Blandía un arma automática en una mano. En la otra un cuchillo de combate. Sabiendo que no podría hacer gran cosa me acerqué al tirador, para al menos poder identificarle y poder hacerle sufrir cuando llegase al más allá. Al acercarme a él pareció asustarse y marcharse corriendo, como si me hubiese visto.

Consideré seguirle durante un tiempo, pero preferí quedarme al lado de mi cadáver, para ver qué hacían los enfermeros con él. Llegaron en menos de cinco minutos, intentaron reanimarme, pero sabían que no podrían hacer nada. La herida en mi corazón había sido, claramente, mortal. Me metieron rápidamente en una bolsa de plástico, protegiendo mi cadáver de las miradas de los que una vez fuesen mis compañeros.

La ambulancia salió despedida, quitando de en medio a los coches gracias a su sirena. No me hizo falta seguir al vehículo. Sabía a qué hospital se dirigía, de manera que me personé ahí antes de que la ambulancia entrase en María de Molina.

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