El encargo

Esta historia la escribimos keti0n y yo a través del WhatsApp en media hora. Disfrutad:

El humo de tabaco había formado una neblina espesa que cubría la habitación. La mujer estaba sentada en el sofá, ligeramente inclinada hacia delante y contemplando fijamente el viejo televisor JVC.

Llevaba más de 24 horas encendido. En esos momentos un periodista informaba sobre el resultado de las elecciones, mientras unos rápidos subtítulos en cirilíco cruzaban la imagen de lado a lado.

Sobre el suelo, al pie del sillón, alguien había dejado tirado un ramo de rosas con una nota que rezaba en ruso: no soy tu enemigo.

La mujer, de unos 30 años y de etnia eslava, no apartaba la vista del televisor. Alguien llamó a la puerta. Ella ni tan siquiera se inmutó. Estaba a punto de verlo. El periodista dio paso a unas imágenes del Kremlin. Y le reconoció, junto a un mercedes de color negro y cristales tintados.

Quien quiera que estuviese fuera tocaba la puerta cada vez con mas insistencia. La joven se puso en pie y recogió la nota, que guardó en un bolsillo de su chaqueta. Corrió hasta la ventana y miró hacia la calle cubierta de nieve, 3 pisos más abajo. Cada vez golpeaban la puerta con más y más fuerza, ya con la intención de reventar la cerradura ¿la habrían descubierto? Abrió la ventana y se descolgó por el balcón. Por suerte no le fue difícil descender hasta el suelo agarrándose a las cornisas. Sus vaqueros se desgarraron algo, pero no pasó mucho más.

Aprovechó y rebuscó en el enorme contenedor industrial que estaba al lado de su edificio. Sabía exactamente lo que quería. Lo había dejado ahí unos días antes. Cogió el 44 y lo escondió en el interior de su camisa. El frío acero le quemó la piel desnuda. No le importaba.

Corrió calle abajo, intentando no llamar la atención. Se aproximó a paso ligero hasta el BMW verde oscuro aparcado en la acera opuesta. Las llaves estaban pegadas con cinta adhesiva al interior de las ruedas.

Miró de reojo a la ventana de su piso y comprobó lo que temía. Los agentes de la KGB ya estaban allí, en su apartamento.

No había nadie mas en la calle. De modo que lo aprovechó para dar un tiro de aviso. Uno de los agentes desapareció. O estaba escondido o ella había acertado. Tenía que escapar. El otro cometió el error de asomarse a la ventana. Ésta vez no falló. El soviet cayó al suelo, con pequeñas perlas de sangre flotando algo por encima de él.

Una vez muertos los agentes pisó el acelerador y salió de la calle a 120 por hora. Los neumáticos derrapaban sobre la nieve moscovita con cada curva. Al cabo de unos minutos una sirena de la policía apareció en su retrovisor.

Querían pararla. La joven armó de nuevo al revólver y disparó otra bala por encima del hombro. Acertó entre ambas cejas del conductor. A los pocos segundos el coche se chocó contra una farola, catapultando al copiloto a través del parabrisas.

Las ordenes del mossad eran claras. Khaled Mahouni debia ser eliminado y, en estos instantes, se encontraba frente al Kremlin informando a Irán.

Ésta sería su misión final. Aún le quedaban tres balas en el tambor, suficientes para la ejecución y el suicidio.

A medida que se aproximaba al centro fue moderando la velocidad. Aparcó el BMW  en un callejón y avanzó a pie en dirección a su objetivo; no quería llamar la atención, al menos no por el momento.

El Kremlin se erguía ante ella, dominando su visión. Era la segunda vez que iba ahí por razones externas a ella.

Notaba el peso del 44 en su camisa, deformándola. Una multitud se concentraba frente  al enorme edificio, protestando por el resultado de las elecciones. Decenas de policias comenzaban a rodear la zona. Unos cuantos fanáticos intentaban saludar al nuevo líder de la superpotencia. La mujer se unió al segundo grupo.

Amartilló el arma discretamente. Cuando estaba lo suficientemente cerca levantó la pistola y apretó el gatillo. El martillo impactó sobre el casquillo, lanzando la bala, la cual surcó el cielo rápidamente, mientras tanto la mujer volvía a cargar el arma.

La bala desintegró la cabeza del nuevo presidente, salpicando de sangre y materia gris a los que le rodeaban. Antes de que nadie comprendiese lo que pasaba la mujer ya se había llevado el arma a la boca y, para cuando la localizaron, ella ya había apretado el gatillo.

Su sangre manchó a los guardaespaldas del cadáver. Murió como una traidora, cuando realmente lo que hizo fue salvar al mundo. Fue una heroína en secreto. Nadie fue a su entierro salvo un hombre, el que le había enviado, días antes, cuando ella realizó su encargo final, el ramo de flores.

El hermano del presidente muerto se frotó los ojos, quitándose las lágrimas. El día que perdió a su hermano fue aún peor cuando supo que fue su hija mayor la suicida que le ejecutó.

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