Rotting corpse I.

N. del. A: Esta historia no posee ningún hecho fantástico, aparte del hecho de que el protagonista es un no-muerto sarcástico. Disfruten.

-¡Amanda!-chilló la madre de mi novia-¡Louis acaba de morir!

-¡Dios mío! ¡No!-respondió ella-¡Era el amor de mi vida!

En realidad no creo que pasase éso. No estaba con ella cuando le dijeron que la había palmado y me estaba poniendo los cuernos con un amigo, así que me sorprendería que hubiese pasado éso; pero me estoy adelantando a los acontecimientos.

Primero contaré cómo la diñé. Me dispararon. Con un arma de asalto. No sé quién fue ni cuál fue la razón (porque no creo que fuese por saltarme clases) Recuerdo el impacto de la primera bala atravesándome a la altura del estómago. La segunda no fue tan mal encaminada: pulverizó mis costillas, agujereando el corazón, horadando el pulmón. Después de éso caí, perdiendo la vida y utilizando mi último aliento para insultar al tirador (no creo que la gente entendiese mi insulto o lo oyese siquiera, con todos esos chillidos de miedo y asombro)

Lo siguiente que recuerdo con seguridad era estar en el centro de una habitación cilíndrica, con paredes de cuarzo lechoso o porcelana. Las puertas, sin embargo estaban hechas, aparentemente, de obsidiana. Una obsidiana pulida pasada la saciedad. Mis oídos me avisaban de una melodía pegadiza. Al principio no sabía dónde podía estar. Luego recordé dos cosas: Las únicas habitaciones con una salida y con música pegadiza son los ascensores, y que me habían disparado; de modo que estaba, seguramente, en un ascensor de camino al más allá.

Como no tenía mucho que hacer aparte de pensar en mis seres queridos dejé que mi cuerpo tomase control y empecé a tocar la pared y la puerta. La pared estaba caliente, especialmente al lado de las puertas. Éstas, sin embargo, estaban frías como un muerto. Cuando comenzaba a aburrirme el ascensor llegó a su destino. Las puertas se separaron para permitir la entrada a la recepción de mi dentista (o, con más seguridad, a una reproducción exacta de ella).

Resguardada detrás del mostrador estaba la chica que ejercía de recepcionista, hablando en otro idioma por teléfono. Lucía una camisa blanca, inmaculada, con mangas anchas y botones de marfil. Cubriendo su cara estaba una máscara rectangular de proporciones áureas (cosa que sé porque es, no sé, obvio) El amarillo de la máscara se veía interrumpido por dos círculos negros a la altura de los ojos y una línea que formaba una media sonrisa.

-Buenos días,-dijo colgando, sin dejarme preguntarle nada-ahora mismo, debido a problemas burocráticos, no podemos atenderte. Por favor vuelve al ascensor o dirígete a la sala de espera. Te avisaremos en cuanto puedas elegir tu eternidad. Si tienes cualquier queja, por favor contacta con nuestro departamento de atención al cliente.

Después de ello me señaló el ascensor y una puerta a su espalda.

-Perdona-solté, haciendo caso omiso de sus indicaciones-¿Me puedes explicar qué pasa exactamente?

-Sí, pero antes debes rellenar el impreso amarillo.-respondió, empujando una hoja de papel amarilla hacia mí-Después de ello podemos hablar de cualquier duda que tengas acerca de esta sucursal de la OO.

-¿OO?-pregunté, cogiendo el bolígrafo y empezando a rellenar mis apellidos, DNI, nacionalidad, todo, incluyendo creencias religiosas.

-Orden del Orden.-replicó, de manera mecánica-Nuestro fundador es un cretino. Se cree muy gracioso.

-Y-proseguí-¿De mis preguntas no se encargaría atención al cliente?

-En condiciones normales sí, pero andamos justos de personal. Nadie quiere trabajar con nosotros, porque corre el rumor de que nos comemos el alma de los empleados. Eso es mentira, salvo para el departamento de marketing, pero esos desgraciados son un caso aparte.

Tras ello tuvo comienzo un intervalo de veinte minutos de silencio incómodo mientras rellenaba el test de veinte caras y me cortaba varias veces con el papel.

-De acuerdo, perfecto.-dijo ella, echándole un vistazo rápido-Si me da unos minutos para contrastar la información y leerlo entero, por favor.

-Sí, claro, adelante.

Cogí otro formulario amarillo y empecé a rellenarlo de broma. Cuando ya me había inventado una religión lo suficientemente divertida como para que tuviese éxito en Internet la chica me llamó.

-Ya está, Louis, si no has mentido, que lo dudo. Dispara todas las preguntas. Puedes preguntar cualquier cosa desde el color de los protones hasta el sentido de la vida.

-Ésa me la sé-chillé-El sentido de la vida, el Universo y todo es 42.

La recepcionista se frotó las sienes.

-Eres la millonésima persona que hace ese chiste. Has ganado una bofetada.

-¡Bi…!-la mano de la chica me interrumpió-Pensaba que era broma.

-Pues no lo era.-dijo-Ahora, preguntas serias, nada en el plan de ¿Cuál es el nombre de mi gato? Mucho menos quiero que hagas preguntas obscenas.

-Vale, capisce. ¿Cuántas preguntas del test me he inventado?

-Todas. El test está hecho para entretener a la gente como tú durante un ratillo, aunque ni siquiera lo leáis os mantiene callados mientras hacéis como que lo leéis.

-¡Eres buena! ¿Qué es exactamente la OO?

-Secreto.

-¿¡Pero ésto qué es!? Me has dicho que podía preguntar cualquier cosa.

-Sí, pero la última vez que respondí a esa pregunta a un humano normal perdió la cordura. A ti, sin embargo, me bastaría con decirte algunas cosas de tu novia para que enloquecieses. De manera visible, quiero decir. Tú ya estás como una chota, pero lo ocultas muy bien.

-¡Eres MUY buena! ¿Cuál es el problema que tiene la OO ahora mismo?

-Falta de personal. A pesar de que somos inmortales al cabo de un tiempo nos aburrimos y nos vamos durante un par de años de vacaciones para no hacer nada o, en su defecto, para molestar a la gente que nos puede ver. Unas vacaciones masivas del departamento de marketing se han combinado con una guerra con los Siete Sellos, así que no podemos hacer nada. Podemos viajar por el tiempo en vuestra dimensión, pero no por la nuestra. Estamos anclados en todos los instantes de vuestra dimensión pero usamos nuestro propio tiempo.

Mientras me explicaba ésto yo hacía un pequeño esquema de ello. Me quedé callado durante unos minutos, aclarando mi cabeza. Ella aprovechó mi silencio para leer un paper-back húmedo de un samurái detective.

-Otra pregunta-retomé-Antes has dicho que puedo volver al ascensor…

-¡Sí, por favor!-interrumpió ella.

-No he terminado-comprobé que se callaba-¿Con ello querías decir que puedo volver a mi tiempo como un zombie? ¿Ahora?

-Sí, tu tiempo sería la mejor elección si quieres recuperar tu cuerpo, pero puedes volver como fantasma a otro tiempo y poseer a la gente.

-¡Guay! ¿Cómo puedo volver aquí?

La mujercilla (en ese momento me di cuenta de que era muy pequeñaja, al menos comparada a mí) se agachó y cogió algo de un cajón. Me tendió un móvil.

-Llama al número de OO y ellos te darán indicaciones, si quieres aprender y se da el caso de que contesten. Si no, puedes darle al botón rojo enorme en el que pone OO. El aparatito lleva toda la música que te gusta.

Me guardé el teléfono en el bolsillo de los vaqueros.

-¿Cuánto tiempo va a durar esta falta de servicio?

-Lo que dure la guerra o, posiblemente, algo más.

-¿Para quién trabajáis?

-Para los que nos contraten. Vuestro servicio lo tiene contratado un ingeniero de mi edad, más o menos. Creo que tú no tienes nombre para él. Cuando hablas de él le llamas “el de arriba”.

-Y esta guerra, ¿a qué se debe?

-Guerra corporativa. No sé mucho más. No me han dicho na…-en ese momento le cortó el timbre del teléfono. Escribió que le iba a llevar un rato mientras respondía la llamada.

Me despedí de ella y me subí al ascensor. Las puertas se cerraron detrás de mí.

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