10 segundos

Cuando cerró la puerta de su Skyline azul eléctrico, se cerró también el mundo a su alrededor. Ahora sólo existían tres cosas de las que preocuparse: su coche, el de su oponente, y media milla que los separaba de la meta.

Ya no podía oír los gritos de ánimo de los más de doscientos espectadores que aguardaban a lo largo de la pista. Las calles contiguas estaban cortadas. No había ningún obstáculo a superar salvo el asfalto.

Una mujer se situó entre ambos coches. Su contrincante conducía un RX-7 completamente modificado, de color rojo iridiscente. El premio eran 1000 dólares, pero sólo importaba la victoria. Se concentró en apartar de su mente todos los problemas. Estaba en blanco. Vacío.

Metió primera y aguardó, respirando profundamente, con el embrague pisado. La mujer alzó los brazos. Encendió las luces de carretera.

En cuanto vio la orden de salida, pisó a fondo el acelerador y los 400 caballos lo propulsaron hacia delante, pegando su espalda al asiento de competición. Sintió la aceleración, y su corazón comenzó a latir a gran velocidad. Segunda. De nuevo, el motor rugió en medio de la oscuridad de la noche arrastrando la liviana carrocería de fibra de carbono.  A su paso, se levantó una estela de humo blanco y olor a neumáticos quemados.

El RX-7 acababa de adelantarle. Giró levemente el volante y cambió de nuevo. Los instantes parecían interminables. Una eternidad que se extendía sólo durante 10 segundos.

Apretó un botón rojo situado en el volante, y tras expulsar una llamarada por los tubos de escape, el Skyline venció al aire y al rozamiento del asfalto y se colocó de nuevo en la posición ganadora.

La meta estaba justo delante. El motor no daba más de sí. El vehículo parecía una carcasa ligera que avanzaba a una velocidad imposible, a punto de desmontarse.  En las caras de los espectadores la emoción dejó paso a la intriga. Apenas quedaba un segundo para alcanzar la victoria.

Echó un brevísimo vistazo al retrovisor, y vio al Mazda carmesí surcar el espacio a una velocidad de vértigo, impulsado por la bombona de óxido nitroso. No podía perder. Pulsó el segundo botón rojo,  arriesgándose a no poder detener el coche ante la curva que les esperaba justo detrás de la meta.

El nuevo impulso liberó un rugido desgarrador del motor Nissan trucado, y el olor a gasolina y caucho inundó de nuevo el ambiente. Cruzó la línea antes que el RX-7. Ganó.

Sólo había durado 10 segundos, quizá algo menos. Pero esos 10 segundos eran los únicos en los que encontraba la paz. Su vida era difícil, una batalla constante, una lucha por quién sabe qué. Pero cuando comenzaba la carrera, cerraba las puertas y ventanillas de su Skyline, y pisaba a fondo el acelerador, se olvidaba de todo, y durante 10 segundos era libre.

Ni siquiera los frenos Brembo pudieron detener a un vehículo que aún dejaba un rastro de llamas. Dio un volantazo a la derecha, intentando tomar la curva, mientras aún pisaba a fondo el pedal de freno. El Nissan se inclinó sobre dos de sus ruedas laterales, y dio una vuelta de campana, impactando justo después contra una farola situada sobre la acera.

No volvió a salir de su imponente máquina japonesa. Era el precio de la victoria.

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