El Obscuro Mineral

En las profundidades del Infierno relucen unas piedras negras. Negras como el alma de los condenados al eterno castigo. Algunas personas han conseguido hacerse con unos pequeños pedazos de ellas. Estos hombres y mujeres no eran gente ni buena ni mala, simplemente sabían lo que querían, algunos deseaban un mundo mejor y pensaban que con la piedra lo conseguirían, otros anhelaban riquezas sin fin y veían en el negro mineral el medio para conseguirla. Eran, pues, gente que regía su vida por la máxima “El fin justifica los medios”

Nadie cuenta la historia de la primera persona que usó estas piedras, puesto que en su leyenda hay tan poca verdad que no merece la pena pensar en ella. Estudios que se han hecho han demostrado que, de momento, el único hecho real es su nombre, Samedi. Pero él no importa, no demasiado, al menos hasta el final de esta historia. Las piedras eran muy dúctiles, lo que permitía a aquellos que querían controlar su poder, hacer pequeñas prendas con ellas. Su escasez, sin embargo, hacía raro que estas prendas vistiesen a algo más grande que un bebé o una muñeca.

Los poderes de la piedra eran muy variados, pero su eficacia era mayor cuando se utilizaba para controlar a la gente, pero no resultaba rentable al cabo de un tiempo, puesto que los afectados veían enseguida dónde tenía su origen aquello que les sucedía…

Al cabo de unos cuantos siglos, los más versados en este arte, ayudados por notas y libros de sus maestros, descubrieron cómo poder usar de manera más efectiva el oscuro mineral. Se dieron cuenta de que una muñeca de su objetivo, que se caracterizaba con un pelo, su sangre, una uña, un ojo… servía cualquier cosa siempre y cuando procediese de su cuerpo, que tuviese un filamento, o mejor, una pieza maciza, de la piedra maldita en ella, tenía el mismo o, a veces, mejor, efecto que cuando se aplicaba sobre el objetivo sin más.

Muchos piensan que estos personajes desaparecieron (otros que jamás existieron) con la Edad de la Ciencia. Se equivocan. Completamente. Algunos de estos magos o brujos, cómo se les quiera llamar (en mi opinión desgraciados es una palabra bastante precisa), no sólo siguen practicando esta oscura magia, sino que rinden culto a la primera persona que usó la piedra. Un culto macabro e incomprensible, como aquellos que rinden tributo a los Ancestrales. Pensaba, hasta hace dos semanas, que jamás me cruzaría con una de estas horribles personas. No podría haber estado más equivocado.

Comenzó con un novato , un chico haitiano. Nadie de clase le respetaba, le tiraban tizas, bolis, borradores… Yo a duras penas hablaba con él (tenía mis amigos) pero no le ignoraba, le daba conversación cuando estaba con él, le ayudaba con los deberes… Era un buen compañero. Mis amigos también eran agradables con él.

El chaval se llamaba (y llama) Jacques y llevaba las clases tirando, se peleaba con las asignaturas más abstractas, como cálculo y álgebra, pero el resto las llevaba bien. Me llamó la atención su colgante, una esfera negra pulida hasta la saciedad. Brillaba de manera curiosa, con reflejos de un púrpura oscuro y rojo sangre, sin embargo no le pregunté de dónde la había sacado. Eso lo aprendí recientemente.

No sé cómo sucedió exactamente, sólo que pasó. Llegué a la clase un martes por la mañana y, sobre todas las sillas, había enormes muñecos de paja, vestidos como mis compañeros. En una esquina estaba sentado Jacques, en cuclillas, llorando, completamente desesperado. Me acerqué a él rápidamente, evitando tocar las réplicas de paja. Me fijé en como todas sin excepción estaban con sus cabezas apoyadas sobre nuestras mesas, como si estuviesen avergonzados de sus rostros. Cuando llegué al haitiano me di cuenta de que no lloraba, sino que él sí estaba ocultando su cara. Sus ojos tenían su color habitual, marrón, pero su pupila no. Estaba roja, como si en el interior de los ojos del chico hubiese una pequeña luz. Le ayudé a incorporarse cuando me lo pidió y le saqué del aula. No dijo nada más hasta que no le di un café de la máquina, y, cuando abrió la boca para hablar no podía dejar de recitar estupideces de los loas de su isla. Las clases se cancelaron hasta el miércoles.

Esa noche sentí como mis piernas se separaban lentamente de mi cuerpo. No dolió nada, al menos que yo recuerde, pero el hecho de haber pensado por un momento que había perdido las piernas me dolió más que todas las veces que mi corazón se ha partido. A la mañana siguiente vi como me podía incorporar y mover. Sin dudarlo salí de mi casa directamente hacia la austera academia de cálculo y álgebra.

Todos los alumnos de mi clase que estaban ahí hablaban de lo mismo: la “pérdida” de sus piernas. Hice caso omiso de ellos y me senté donde me sentaba todos los miércoles. Jacques se sentó detrás de mí. Le miré a los ojos inmediatamente. Estaban como debían estar. No le dirigí la palabra, no por ser desagradable, sino porque sabía que no me diría nada relativo a los muñecos, con suerte volvería a hablar de los loas, si es que abría la boca en absoluto.

Las clases de la academia fueron aburridas, como lo suelen ser. Al menos el profesor de cálculo amenizó la suya con chistes fuera de tono. Fui a casa a comer cualquier cosa que me preparase mi santa madre y volví a la universidad, sólo para enterarme de que las clases se habían vuelto a cancelar. Subí a nuestra aula para encontrarme con una situación parecida a la del día anterior. Difería en que Jacques estaba llorando tinta y que nuestras efigies habían sido separados limpiamente de sus piernas. El chico intentaba limpiarse la tinta desesperadamente. Me acerqué a él y le tendí mi pañuelo. Me lo arrancó de las manos y comenzó a frotarse con saña por todo el cuerpo, intentando quitarse algo aparte de la tinta. Cuando me acerqué a ayudarle a incorporarse me alejó. Inmediatamente se levantó por sí mismo y salió del aula

Le alcancé mientras bajaba las escaleras, pero sólo porque había tropezado, si no jamás habría podido, era corredor olímpico de medio fondo. Al caer había llenado los escalones de tinta, aunque a esas alturas ya no me convencía que fuese tinta, puesto que cada pocos segundos cambiaba bruscamente de color. Había pasado de ser negra, a verde, a rojo y, en esos momentos, estaba cambiando al blanco. Un blanco sucio como el odio y puro como éste. Mientras le alcanzaba notaba en mi espalda los clavos de cientos de ojos, a pesar de estar sólo con el haitiano en el pasillo. Obviamente no me apasionó esa sensación, pero estaba acostumbrado a situaciones similares, en las que sentía mi espalda en peligro.

Jacques me pidió en francés que le dejase en paz. Hice caso omiso de lo que supuse era una sugerencia. Le ayudé a levantarse como había hecho la tarde pasada. Le pregunté de nuevo acerca de nuestras copias. Ésa vez respondió con algo más de honestidad, sin mencionar a ningún loa, salvo a usted. Dijo que no soportaba la crueldad de sus compañeros y que lo que había hecho era la manera más efectiva para defenderse de ellos. Afirmó que los muñecos no harían demasiado daño, al menos si no se les provocaba, pero no explicó cómo se podía hacer tal cosa.

Le bajé a la enfermería, sólo para encontrarla cerrada. Le llevé a un hospital cercano, me costó, pero lo conseguí. Mientras le acompañaba me explicó que la piedra, que ya no estaba colgando alrededor de su cuello, la había heredado de su abuelo. Éste la había usado para enriquecerse y escapar de la isla. Me aclaró también que es la piedra la que utiliza a la persona, no a la inversa. Cuando me cansé de la piedra le pedí que me dijese sin rodeos cómo destruir a los muñecos. Al principio se negó a responder, pero le logré convencer, de una manera de la que no estoy orgulloso.

La explicación fue larga, pues me confesó que había dos maneras de destruir a esos engendros que ocupaban nuestros lugares. La primera era muy complicada y requería unas condiciones muy concretas, tales como un eclipse anular y la presencia de un hurón virgen. La segunda era mucho más sencilla, pero infinitamente más dolorosa.

Ésto me lleva ambos al final de mi relato y aquí. Al conocer la manera de deshacerme de esos malditos (en todos los sentidos de la palabra) espantapájaros comencé a reunir los materiales para mi, a falta de mejor palabra en mi vocabulario, “operación”. Al tiempo que me preparaba ahondé mi relación con Jacques y descubrí el porqué de los muñecos. La piedra quería unos cuerpos, de modo que hizo que Jacques les crease, para darle una “casa”.

Cuando, al cabo de un mes, reuní todos lo necesario para destruir a los muñecos, que seguían ocupando la clase, me puse en marcha. Una bombona de gasolina a presión y un mechero viejo y roto. Fue complicado recorrer la distancia entre mi casa y la facultad ocultando una bombona de veinte litros con una manguera ignífuga acoplada, pero lo conseguí. Al llegar a mi clase vi como los muñecos estaban mirando a la puerta con unos ojos vacíos, hechos de la nada más absoluta.

No soportaba ser mirado por tantas…¿Personas?¿Fantasmas? No lo sé, pero eso era una razón extra para poner mi lanzallamas casero en marcha. La gasolina a presión prendió inmediatamente, calentando el aula rápidamente. Sin dudarlo apunté directamente a los asquerosos espantapájaros. Procedí con cuidado, evitando a toda costa mi propia efigie, puesto que la debía quemar al final. Vi como todos ardían lentamente, al tiempo que las pequeñas esquirlas de piedra negra se derritían para después desaparecer sin dejar rastro.

Una vez destruidos todos los muñecos salvo el mío me dirigí hacia mi copia. Mientras las llamas comenzaban a lamer la ropa de mi clon de paja vi cómo la mía saltó en llamas y cómo mi piel hacía lo propio, doler sobremanera. Pude aguantar para ver cómo la última brizna de paja se consumía.

Después de éso recuerdo haber aparecido aquí, delante de usted, Barón, y ambos sabemos que significa este encuentro: Se acabó lo que se daba.

Me consuelan dos cosas: Haberme despedido de todos mis seres queridos y no haber enloquecido

En este relato hay un guiño a un autor, el que adivine quién es este autor ganará un gallifante.

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