Grand City III

Su nueva búsqueda no dio ningún fruto en absoluto. La cubierta del barco y los rededores del pequeño edificio sobre ella se limitaban a dos cosas, sostenerle a él y reflejar la luz del astro rey. “Esto que estoy haciendo es delito de por sí, otro más no importará”. Después de que ese pensamiento cruzase su cabeza sacó su pañuelo del bolsillo y envolvió su mano con él.

Cuando consideró que ya estaba bien colocado pegó un puñetazo a la ventana de cristal más cercana. El vidrio se rompió nada más que su puño entrase en contacto con él. En ese momento otro tren de pensamiento llego a la estación que era su cabeza: “A lo mejor no me habrían pillado  si no rompía nada, pero ese guardia me ha visto la cara, si preguntan él dirá que fui yo el responsable del cristal”. Segundos después Louis se adentraba en el restaurante, sin miedo a nada. Una noche en el calabozo y poco más. El interior estaba cubierto de sillas de madera, decoradas con bronce y algo que parecía oro (latón, seguramente) “Qué mal gusto”. Louis no era un apasionado de las modas en mobiliario, todas las de los últimos años le parecían alardes de mal gusto. Las sillas estaban para sentarse, las mesas para trabajar o comer, no debían decorar.

La sociedad, por otro lado no compartía su opinión. Cuando se consiguió trabajar con los metales como si fuesen arcilla hace unos diez, quizás doce, años la gente, los ricos, más en concreto, comenzarlos a utilizarlos a la mínima. Esto, por un lado era bueno, pues, a pesar de que los instrumentos nuevos eran más caros, abarataba algunos procesos. El mayor uso había sido hasta hacía poco en el negocio de la escultura, la orfebrería y demás. Para un artesano era más fácil trabajar directamente sobre el metal al rojo o, en ocasiones, prácticamente líquido sin miedo que esperar hasta que sus instrumentos antiguos soportasen el calor. Los nuevos estaban hechos de metales extraños que soportaban prácticamente todo y que, en teoría, duraban para toda la vida. Louis recordaba haber hecho un reportaje acerca de las nuevas herramientas. Eran, francamente, fascinantes. Algunas, las más modernas, de los últimos tres años, podían incluso “recordar” formas para que luego se pudiesen repetir. Así se facilitaba la fabricación de objetos muy célebres, se facilitaba la forma del objeto en cuestión a la máquina y ésta lo replicaba hasta quedarse sin material. Era una proceso muy caro, de manera que las máquinas se alquilaban en lugar de venderse, pero que, según los “expertos”, era la clave del futuro.

Observó, sin embargo, que el mobiliario de este comedor no había sido fabricado con esas máquinas, todas eran un poco diferentes. Había sido artesanía real. La madera también era una pista, ninguna máquina autónoma podría hacer algo así, el grabado era, incluso Louis lo admitiría, a regañadientes, exquisito. Mientras que las sillas en sí le parecían horrendas la idea de que hubiesen sido fabricadas artesanalmente le agradaba.

Cansado de el mobiliario se metió en la cocina. Fabricada a medida, pero de una pieza de, como lo llamaban los “expertos”, plástico. Louis veía en ella las huellas de una máquina autónoma, un “trabajador”. Decían que era más fácil de limpiar que la madera y que no se oxidaba como algunos metales. Si era fácil de limpiar era higiénico, por tanto era, Louis concedió, un magnífico material para fabricar una habitación en la que manipular comida. Cogió uno de los cuchillos de cerámica y se lo metió en el bolsillo. No era muy grande y le gustaba. Vio una selección de espadas orientales en un armario cerrado con llave. Sobre él había un cartel que rezaba: “Sólo para ocasiones especiales”. Llevarse una de ésas de recuerdo sí sería grave, de modo que las dejó estar. Antes de proseguir su pequeña exploración tomó prestada una manzana.

No encontró más que la sala de máquinas, cerrada, para evitar visitas como la suya, y la del timón, igualmente cerrada. El resto del barco era un enorme salón bajo la cubierta iluminado por lámparas de gas y algo de energía de ámbar (electricidad, decían los “expertos”) El salón estaba columnado por las naves laterales y éstas estaban llenas de sofás. La nave central, sin embargo, estaba llena de butacas que apuntaban a un escenario. Un teatro para los que quisiesen y un lugar para charlar para los que no. No tenía sentido, la gente en las naves laterales hablaría, desconcentrando a los actores y creando un caos. Se cansó rápidamente de esta sala. Se marchó, cerrando la puerta cuidadosamente. Salió del pequeño edificio de cubierta por la ventana abierta anteriormente y paseó cinco minutos por la cubierta antes de bajar. Tuvo la suerte de no cruzarse de nuevo con el guardia que le había dejado entrar y, mejor aún, tampoco con otro.

Volvió a su apartamento andando. Mientras paseaba se comió la manzana. Estaba ácida, aún así le gustó. Ya en su piso decidió dignarse a aparecer por la redacción. Alegaría unos mareos. Le creerían, después de todo, era raro que faltase al trabajo.

Comió tranquilamente y se echó una siestecita. Se durmió pensando acerca de lo que escribiría esa tarde.

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