Bitácora del internetófilo. Día 3

Me desperté a eso de las diez y media, once. Resultó que el mensaje no era más que uno de los doce libros que me había comprado para que me los firmase el autor, que llegaba en dos semanas. Lo dejé cuidadosamente en la mesa, preguntándome dónde podrían estar los demás libros. No le di importancia, con que firmase uno bastaba. Me desperecé y preparé el desayuno, unos huevos revueltos con bacon estarían bien. El bacon estaba un poco pasado, un día o dos, pero me dije “¿Qué es lo peor que me puede pasar?” (Después me arrepentí. Mucho)

A la media hora de desayunar comencé a vestirme. Cogí una camiseta y me enfundé en los vaqueros. Me calcé las botas y salí por la puerta (Hacerlo por la ventana ya no está de moda si no se hace, por lo menos, desde un sexto) Puse la alarma y tuve especial cuidado en olvidarme de que lo había hecho (Si la hubiese hecho saltar dos veces más ayer me daban el Récord Guiness, pero al final, anoche, se me adelantó un chaval en EEUU, me saca unas cien o así, al menos de momento) Salí a la calle, hacía fresco, casi frío, pero es normal en diciembre (Al menos en el hemisferio norte). Me quejé del frío que hacía, pero seguí andando al metro, había gente, lo que es sinónimo de calor, que es lo que quería. El metro estaba más lleno de lo que esperaba (Quizás más calor que el que me pedía el cuerpo) Al salir del metro (No resultó nada fácil) una ráfaga de viento me arrancó las gafas de la cara y las lanzó volando por la calle (Aún no me explico como, las llevaba con una cintita y todo) Salí corriendo tras ellas. Desafortunadamente las perdí. Por lo general, cuando un coche pasa por encima de un par de gafas, sean de cristal o plástico, las pierdes y ves (Más o menos, dependiendo del grosor del cristal de las gafas perdidas) como se hacen pedazos (o pedacitos, si les pasa una camioneta por encima justo después del coche) Al terminar este incidente no pude ver nada. Decidí que este contratiempo no me impediría entrar a leer en el Fnac (Evento marcado en mi calendario desde hacía un mes) Nada más intentar abrir las puertas del Fnac un segurata se acercó al cristal y me dijo:

-No abrimos hasta dentro de media hora.

Indignado, me fui, a ver si la otra puerta estaba abierta. Esta escena se repitió durante la siguiente media hora, cuando finalmente se me permitió la entrada, sin dudarlo me dirigí a la planta de libros en inglés, a terminarme un libro de Terry Pratchett que había comenzado una semana atrás (No podía ir varios días seguidos, porque los dependientes sospechaban de mí) Me acerqué corriendo al estante adecuado, sólo para ver que me lo había quitado un chaval de la Generación Z. Ese desgraciado las pagaría, para empezar le pondría la capucha que colgaba de su sudadera (Que sé que eso molesta lo que no está escrito). Con sus vaqueros ajados , su camiseta con una frase sarcástica en la línea de “No soy sarcástico, sólo extremadamente divertido” o “No se me da bien dar consejos, pero puedo ofrecerte un comentario sarcástico” o incluso “Un agnóstico es un ateo que ha perdido la fe” (Honestamente mi favorita es “Espero que esa hamburguesa te guste. Una vaca murió por ella”) La Generación Z, la generación que creció con una pantalla en cada ojo, la de la tele y la del ordenata. Miden las edades de todo como si fuesen ordenadores, perro de tres años: viejo. Yo: pertenezco al Cretácico. Sus padres: Anteriores al Big Bang. Para mi ellos pertenecen a la bazofia (Los que acatan su modo de vida, no los que tienen su edad, al menos por lo general. Todos tenemos un odio visceral a alguien y no sabemos muy bien el porqué, pero lo tenemos) Tras mi pequeño acto vandálico el chico se giró y me chilló, en medio de la planta:

-¿¡Pero qué haces cretino!?

– Vengarme-Le respondí yo, igual, si no más, indignado-¿Algún problema?

-Sí. ¿De qué te estás vengando exactamente?-Dijo, tocándose el tabique nasal, claramente frustrado.

-Me has quitado el libro que iba a terminar de leerme.

-¿Aquí?

Yo asentí, orgulloso. No todo el mundo tiene lo que hay que tener para leerse libros enteros en librerías. El muchacho resopló. Cansado, preguntó:

-¿Cuántas páginas te quedan?

-Cinco o seis-Me tiró el libro cuando le respondí esto.

-Termínalo, pasaré en diez minutos a recogerlo.

-Gracias-Por fin un mocoso de la Generación Z que respetaba a sus mayores. Quizás no todos ellos fuesen unos desgraciados. En fin, terminé el libro y esperé al chaval. Volvió rodeado por quince más. Quizás todos sí eran unos desgraciados. Dejé el libro en el suelo y corrí. No me gustan las peleas, especialmente si estoy en el bando que va a perder, y menos aún cuando los adversarios son gente que no sabe vivir sin internet y lleva día y medio sin él. Bajé por las escaleras normales; por lo general a la gente no le gustan, hay que moverse para bajar. Salí del edificio a toda velocidad y me metí en el metro, con la esperanza de que los chavales no supiesen lo que era. Resultó que sí lo sabían. Su venganza no fue tan terrible como esperaba, me hicieron comprar un café grande en starbucks, sólo para ver como gastaba mi dinero (y sospecho que para así familiarizarse con las relaciones monetarias con dinero en efectivo. Ninguno de los quince había pagado jamás a una persona, menos aún en efectivo. Son una generación, como ya he dicho, que vive pegada a la pantalla) Después de enseñarles a pagar con billetes me marché a mi casa, a coger dinero. Después de coger todos mis ahorros (y algún extra que había por ahí) bajé las escaleras (Tengo fobia a los ascensores desde que se me cayó un cristal de las gafas por el hueco del de mi casa) y salí a la calle. Tenía que encontrar una agencia de viajes. Me dirigí a la que está nada más salir del portal. Mis búsquedas siempre dan fruto, pues siempre busco lo que ya sé donde está. Entré por la puerta principal (Me aseguré de que estaba en horario de apertura). Me dirigí a una de las mesas.

-Hola, ¿En qué puedo ayudarle?-Preguntó la dependienta.

-Hola, verá, no sé si se habrá dado cuenta, pero no hay internet y…

-¡No!

-Muy graciosa, verá, no sé si se acuerda o no, pero hace un par de años se planteó a Obama crear una doctrina llamada Kill-Switch, según la cual, si cualquier organización gubernamental sufriese un ataque vía Internet el presidente estaba autorizado a restringir el acceso a Internet.

-¿Y? -Quiero ir a E.E.U.U. a verificar si se ha puesto en práctica. ¿Alrededor de cuanto cuestan los viajes a Washington en esta época del año?

-Empiezan, los más baratos, en torno a los 1000€.

-Genial. Quiero un billete en el primer avión que salga mañana-Dije, dejando caer un fajo de billetes morados sobre la mesa-Y el de vuelta para cuando yo vea necesario.

-O sea…-Murmuró, al verificar precios en el catálogo almacenado en la memoria de su, francamente antiguo, ordenador-Unos 2500€ en total.

Le tendí los billetes. No hay cosa más hermosa que una jovencita con la cara iluminada por un fajo de “moraditos”. Se aseguró de que me tratasen como es debido en el aeropuerto (Realmente no tan bien como esperaba, pero bueno) Salí contento, no sólo era la primera vez que viajaba sólo a lo desconocido, pero sí era la primera vez que lo hacía sin avisar, sin reservar hotel y pagándomelo yo solito.

Salí de la tienda mientras la chica llamaba rápidamente al aeropuerto (o, con la cantidad de billetes que le había dado, posiblemente a sus amigas) Subí a casa y comencé a preparar las maletas. Cogí todas las camisetas que tenía (No muy difícil, puesto que tengo cuatro), un par extra de vaqueros, mudas, mi chupa y la guitarra.

El resto de la tarde lo pasé buscando una excusa decente para salir de mi casa en Nochebuena, así, sin más. No la encontré, de manera que me decanté por un clásico: Decir que me iba sin más y que no sabía cuando volvería.

Elegida la ropa que me iba a llevar la metí en un macuto que, inmediatamente escondí debajo de la cama. Tras ello salí de la casa para dar una vuelta, comprar varios litros de Coca-Cola y bebérmelos (Es que si no no puedo dormir bien) Después de beber la Coca-Cola volví a la Fnac, para ver si los chavales de la Generación Z seguían ahí.

Estaban en la entrada. Decidí colarme en el edificio por la puerta de la escalera de incendios. No salió bien, al parecer a los trabajadores de la Fnac no les gusta que te cueles en su edificio. Los seguratas me explicaron “amablemente” que no debía entrar por esa puerta. Yo hice como que me importaba. Una vez se que se dieron cuenta de que me daba exactamente igual lo que dijesen terminaron su “explicación”. Salí con una cara, por así decirlo, más redondeada, como si me hubiese caído por las escaleras. Durante el tiempo que trataron de convencerme hice chistes de interrogatorio como “¡Jamás confesaré donde enterré el plutonio!” o “Podéis acabar conmigo, pero dos más ocuparan mi lugar”. No es recomendable hacer esta clase de chistes cuando te interrogan dos mulas de dos metros y ciento cuarenta kilos. No ayuda nada, más bien empeora la situación.

Cuando salí a la calle los chicos de la Generación Z me estaban esperando (A partir de ahora me dirigiré a ellos como Z sin más (Escribir Generación Z es cansado)) Querían invitarme a una fiesta. Luego se acordaron de que no había Internet. Su fiesta del WoW no iba a salir adelante. Lo sustituyeron por un torneillo de Magic. El ganador se llevaba 200 €.

Tras varias horas de frikismo total salí con 200 € extra con los que sobornar a los de aduanas y/o agentes federales de E.E.U.U. (y al carcelero después de que me detengan por sobornar a un agente federal (o, dependiendo de la decencia del agente, por intento de soborno))

La vuelta a mi casa habría sido una pequeña odisea, pero, como mis nuevos amigos Z eran muy majos, el padre del líder me trajo hasta mi domicilio, donde mi padre buscaba el fajo de billetes que le había desaparecido esa misma mañana (Ninguna relación con el fajo que yo usé para pagar mi viaje, ninguna en absoluto (El sarcasmo no viaja bien cuando se escribe))

Decidí hacerme invisible y acostarme lo más rápido posible.

-¡Rashionalism! Sal de debajo de la alfombra-Berreó mi padre. Mi táctica de ponerme una alfombra a  la espalda y avanzar despacito suele funcionar con la mayoría de los cazurros, pero no con gente que sea más inteligente que yo (o que vea mejor que yo)

-¿Qué pasa papá?

-¿Has visto un sobre marrón? Tenía 5000 € dentro.

-No-mentí, descaradamente-Bueno, hasta mañana. Mañana va a ser un día muy largo.

-Sí, espero que estés preparado, la abuelita está emocionada.

-Em… Verás, no voy a poder ir. ¡Te lo explico mañana a las seis!-dije, cerrando la puerta y metiéndome en la cama sin más dilación.

No me dormí hasta mucho después. Los golpes y exigencias de explicaciones de mi padre hacían mucho ruido (y, a los cinco minutos se unió mi madre, recién llegada del trabajo) Dormí soñando con aviones, reparaciones de Internet y guitarras, muchas guitarras. En un momento de la noche se me apareció Atila el Huno (Una aparición frecuente en mis sueños)

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